jueves, 9 de febrero de 2017

Diario de un argonauta I


Era una tarde templada de enero. El aire olía a tierra mojada y en el cielo se divisaban lánguidas nubes de color gris, las cuales amenazaban con romper a llorar en cualquier momento. Me despedí de mi madre y de mi hermano mayor entre abrazos y lágrimas, y juré regresar a España cuando la flor del almendro comenzase a dar flores. Recuerdo que agarré, con las manos trémulas, la maleta, saliendo por la puerta sin mirar atrás, mientras me envolvían oscuras tribulaciones, como si el paso que me disponía a dar revolviese el universo que antes habitara y lo pusiese de patas arriba. Ciertamente, así fue; ya nada volvió a ser lo mismo después de aquella tarde húmeda de enero. 

Me marché, como dicen allí en mi pueblo, a “buscarme las habichuelas” en el extranjero. Aunque lo hiciese por un motivo bien justificado, por el amor de una mujer, consideraba que mi país me había cerrado todas las puertas, así que tomé la difícil decisión de largarme y probar suerte. Es decir, yo fui uno de esos miles de jóvenes españoles que huyeron de la sombra devastadora de la crisis económica, y que aún en el presente sigue acechándonos después de largos y penosos años. Pude haberme quedado bajo el amparo de mi familia, la cual, con toda certeza, nunca me habría dejado en la estacada, pero lo hice porque en lo más hondo de mi alma siempre anidó un espíritu puramente nómada. 

Acabé en Edimburgo, capital de Escocia, porque allí residía mi comprometida, comenzando desde cero una nueva etapa de mi vida. Es curioso cómo el concepto que uno tiene sobre otras culturas se desmorona en el instante que comenzamos a experimentar vivencias nuevas. Somos animales gregarios, pero hasta cierto punto. Al crecer en una sociedad con un tipo de valores propios, de tradiciones o conductas particulares, nos es muy difícil cambiar ante el hecho de estar viviendo en otro país disímil al nuestro, con una cultural diferente. Me refiero a la lengua, la comida, los roles de comportamiento cívico, las relaciones comunitarias o el clima. Por todas estas razones, debo testificar que el principio nunca es fácil, sino todo lo contrario, es un suplicio. 

Escocia es un país hermoso, sus gentes son educadas y hospitalarias, y mientras transcurrieron las primeras semanas, me sentí muy cómodo allá. No obstante, comenzaron a surgir los problemas. Primero fue el clima escocés, caracterizado por el frío, el viento y la lluvia fina (el chirimiri como dicen en la cornisa cantábrica). En una ocasión salí a la calle para buscar trabajo y llovió, nevó, salió el sol y, luego, volvió a nublarse; todo esto en el mismo día. Los escoceses lo llaman “the four seasons”, así que no os podéis imaginar lo que significó para mí, un chico sureño, enfrentarme a aquel invierno. Ni que decir tiene que, al poco, empecé a añorar Vélez, así que todas las mañanas, después de levantarme, lo primero que hacía era abrir la cortina de la ventana y rezar porque saliera el sol… cosa que muy rara vez ocurría. 

Lo segundo fue el idioma. Hasta entonces no me di cuenta de las deficiencias existentes en el sistema educativo español con respecto a las clases de idiomas, porque resulta que todo lo que había aprendido en el instituto no me sirvió de nada. El inglés de allí no tiene nada que ver con el inglés pseudo-académico que nos enseñaron en las aulas. Además, Los escoceses hablan un dialecto muy cerrado, influencia de un pasado gaélico-vikingo, cuya lengua tardé más de diez meses en descifrar. Durante este tiempo me aterrorizaba hablar con los nativos, comprar en la tienda o incluso coger el teléfono, porque, con honestidad, no entendía absolutamente nada. 

Por último, también sufrí lo que llaman un “cultural shock” o choque cultural. Los británicos son extremadamente educados y yo, que vengo de un lugar donde a veces la educación cívica brilla por su ausencia, comencé a darme cuenta que tenía de cambiar mis roles de comportamiento, como por ejemplo respetar la cola en la parada del bus, esperar con paciencia a que la cajera del supermercado atendiera parsimoniosamente a los clientes delante mía o no hablar en voz alta en los bares. Sí, señores lectores, esta fue la realidad, y muchas más cosas que os contaré en los siguientes episodios de este diario de un argonauta.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

MANIFIESTO SOBRE LITERATURA FANTÁSTICA EN ESPAÑA


En el ámbito nacional la literatura de fantasía se ha caracterizado por su paupérrima producción, debidos en gran medida a dos factores muy importantes: en primer lugar, el carácter realista de la mentalidad española, alimentado por la argolla de la religión católica; y en segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, el desarrollo de un Romanticismo contradictorio y confuso durante el siglo XIX, cuyo movimiento cultual sirvió, en otras partes de Occidente, de estímulo para el  nacimiento del género del que hablamos. Mientras tanto, en España escribir sobre criaturas asombrosas, hechos legendarios, brujería o encantamientos ha estado asfixiado de algún modo u otro por este rasgo propio de una sociedad profundamente reprimida,  en el que tales ocupaciones, por ejemplo, bien podrían haber servido de argumento para ser enjuiciado por el Santo Oficio, institución que, con otro nombre y otras prerrogativas, todavía sigue existiendo. No obstante, cabría decir que la fantasía, las leyendas, los mitos y la magia negra siempre han existido en nuestra cultura, tan solo que no se hallan en la tradición literaria, sino que ha sobrevivido a las envestidas del olvido posándose en la memoria oral del pueblo.

Desde que comenzara a perfilarse los rasgos de la Ficción especulativa, el género español ha tendido a beber de las corrientes extranjeras, dejándose arrastrar por contextos foráneos, ya que nunca hemos tenido un “background” potente. Ponemos como ejemplo la incipiente tirada de autores españoles que, en la actualidad, usan elementos de fantasía, tramas, escenarios y personajes que no son propios de nuestro contexto cultural, ignorando las fuentes locales por completo. Por otro lado, pensar que carecemos de una cosmogonía heterogénea y original sería como obviar el magnífico patrimonio que poseemos.

Volviendo al tema principal, existe en la memoria colectiva un sinfín de características de inconmensurable valor, gracias a las cuales se podría definir un género autóctono, frente a las tendencias extranjeras. Si indagamos en las fuentes orales, sobre todo las que provienen de las zonas rurales, descubriremos que hay infinidad de material inédito. Nos referimos a casas encantadas, espantos, criaturas horrendas, animales fantásticos, batallas heroicas, aventureros de ultramar y amores épicos, entre otros muchos temas; serpientes enormes con gruesas cerdas negras que saltan muy alto, lechuzas blancas que surcan el cielo nocturno de los pueblos augurando buenos presagios, espantos o apariciones en casas abandonadas, gallinas fantasma que atacan de improviso, curanderas que lloran por un solo ojo y curan enfermedades o pasadizos secretos que conectan antiguas fortalezas, en cuyo interior se esconde un tesoro incalculable, son algunas de las temáticas habituales.

Es una necesidad perentoria poner nuestro punto de mira en estas fuentes más a menudo y plantar, con la imaginación y el esmero de un buen escritor de novela de ficción especulativa, la semilla de un estilo nuevo repleto de variedades dimensionales, únicas e imperecederas. En este sentido, cualquiera podría tacharme de proteccionista de lo español. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, lo que intento explicar es que la mayoría de los autores extranjeros conocidos (como lo son J. R. R. Tolkien, Terry Pratchett, Michael Moorcock, Robert Howard, H. P. Lovecraft o incluso Frank Herbert en una vertiente más galáctica) se han empapado de la mitología nórdica, anglosajona, de las Eddas escandinavas, del Kalevala irlandés, de los relatos artúricos inherentes, sobre todo, a la cultura en la que se han criado; Así pues, bajo estos preceptos, sería una iniciativa bastante plausible, si hiciéramos hincapié en nuestras tradiciones mágico-legendarias con la voluntad de eludir en cierto modo ese plagio literario tan típico en las producciones recientes, sin entrar en el juego del oportunismo de algunos autores que desean atraer el ávido bolsillo de “geeks” y “nerds”, según los estereotipos.

Para haceros una idea, resumiremos la evolución del género en nuestro país con el objeto de aunar criterios.

Según el escritor ruso Yuli Kagarlitski en Qué es la ciencia ficción (1977) ha querido ver en el undécimo cuento de El conde Lucanor (1335) de don Juan Manuel un «precursor de los viajes en el tiempo o de los mundos paralelos», en lugar de clasificarlo como un relato mágico. En las Crónica del rey don Rodrigo de Pedro de Corral, publicada en 1499, primera del género caballeresco de la literatura española, el autor incluye algunos elementos fantásticos como una especie de televisión de azogue que encuentra el protagonista en la Cueva de Hércules, a través del cual ve el futuro. También hay utopías, como el del eloquentíssimo Emperador Marco Aurelio con El Relox de príncipes (1527) de Antonio de Guevara, entre cuyas líneas se describen las costumbres y leyes de los «garamantes», un pueblo sencillo y pacífico que no empuña armas y que sólo tiene siete leyes inaplicables. Es importante nombrar también el viaje a la Luna de Juan Maldonado en su relato Somnium de 1532, en el que se describe una sociedad alienígena con seres extraterrestres. O, algo más tardío, la publicación en 1787 de José Marchena en El Observador, un periódico de discursos, en la que usa la descripción de una sociedad lunar para criticar ferozmente a la sociedad española contemporánea.

Es interesante aludir la primera “distopía” escrita en español, por Cándido María Trigueros y su “mundo sin vicios”, a través del personaje Assem, filósofo musulmán que se traslada al campo para vivir una vida de recogimiento y contemplación.

El género de ciencia-ficción comienza en  España a mediados del siglo XIX y se extiende hasta la guerra civil. Así pues, con Lunografía (1885) de Miguel Estorch y Siqués se inaugura este estilo. Durante este siglo, los avances tecnológicos progresan a una velocidad vertiginosa, de igual modo que las corrientes de pensamiento. Nos encontramos con una nueva era en el que el ser humano se deconstruye de muchas ataduras religiosas y comienza a expandir su imaginación por terrenos inexplorados. Es el siglo de Julio Verne, Mary Shelley, Bram Stoker o H. G. Wells.  Dentro de esta vertiente tenemos Cuento futuro de Leopoldo Alas, "Clarín", incluido en su El Señor y lo demás, son cuentos (1893), anticipando el Realismo mágico e ideando la primera historia post-apocalíptica de la literatura en español protagonizada por el doctor Adambis y su malvada mujer Evelinda; El doctor inventa una máquina de suicidio colectivo y extingue a la humanidad; solo se salvan él y su pareja. En este siglo también se escriben Las leyendas (1858) de Gustavo Adolfo Becquer, una serie de relatos cortos escalofriantes, de temática fantástica, precursor del género de terror.

A principios del siglo XX la influencia de la corriente británica “novecentista” y del “vernismo” fue escasa en España, aunque existen algunas producciones significativas que hemos obviado para no extendernos, en los que se observan viajes planetarios, robots, extraterrestres, máquinas del tiempo y distopías.

Tras la guerra civil española, a partir de 1939, la producción del género de fantasía se ve mermada por la suspicacia del régimen franquista hacia cualquier tipo de utopía literaria, muy al contrario que en lo ocurrido en los Estados Unidos con  la abundancia de autores que a día de hoy representan los principales embajadores de la Ficción especulativa. A su vez, un nuevo subgénero se impulsa con fuerza: la fantasía heroica o la espada y brujería, ambientado en tiempos medievales y tomando elementos de la mitología nórdica. En España no es hasta el Capitán Trueno (1956) de Víctor Mora y Miguel Ambrosio Zaragoza cuando este género se expande con éxito en formato tebeo, no siendo así en la novela, que tiene que esperar hasta principios del nuevo siglo.

Para concluir, después de escribir este manifiesto, me veo en la obligación de reflexionar sobre los fundamentos de este género literario, rebuscando en nuestros propios mitos, leyendas, relatos y cuentos, de igual riqueza que las anglosajonas y que, a lo sumo, llegarían a ser indudablemente originales. Es hora de comenzar un período distinto, de romper los tabúes, de desquitarnos de los complejos y de crear algo innovador y serio. Bastaría con sumergirnos por los universos mágicos que nos rodean; universos que llevan siglos dormidos en los arcones del olvido; descubrámoslos, pues, y démosle forma… El tiempo de la hispa-ficción ha llegado.     


Chesko González

Berlín. 13 de diciembre, 2016

lunes, 12 de septiembre de 2016

España. País de egoístas

Analicemos la situación política española tras las elecciones generales. Dos comicios y aún no hay gobierno; se teme por unas terceras elecciones, las cuales se celebrarían el 25 de diciembre (¡qué oportuno!), fecha coincidente con el día de navidad. ¿Qué motivos hay para que hayamos llegado a esta situación? ¿Elevado número de abstenciones, pérdida de credibilidad de los políticos, ruptura del bipartidismo y hartazgo de la ciudadanía respecto a la incompetencia de los candidatos por pactar una solución?

Estamos presenciando un período muy interesante de la historia de la democracia, en el cual la formación de gobierno no depende sólo de los resultados, sino del 'pacto' entre líderes, en un contexto insólito, que nunca antes se había dado. La derecha, ni siquiera pactando con las fuerzas del 'centro', conseguiría la mayoría absoluta, mientras que la izquierda se encuentra lejos; de este modo, la única salida viable es gobernar en minoría, a cuya cabeza estaría, o bien Rajoy, o bien Sánchez, apoyados por los otros partidos que les siguen en votaciones. Así son las reglas de la democracia.    

Sin embargo, durante las negociaciones entre los partidos, han salido a la palestra diferentes conflictos externos e internos entre los pretendientes al poder: Rajoy, mediante un empuje totalitario, se obstina en gobernar a toda costa, pese a su fallido pacto con Ciudadanos y el No socialista, lo cual le ha sentado como un jarro de agua fría, culpabilizando a Sánchez del fracaso en la formación de gobierno, del gobierno que él quiere tener, sin medias tintas. Sánchez, por un lado, se niega a permitir que 'su enemigo antagónico' gobierne, mientras los barones socialistas se hayan enfrascados en una lucha intestina por determinar su apoyo a Rajoy o a una coalición de izquierdas. Rivera, por otro lado, después de llegar a un acuerdo con el PP, visto el fracaso de la investidura, se haya alineado otra vez con el no a Rajoy para no perder credibilidad en su partido. Además, Iglesias espera pacientemente a Sánchez para que se coaliguen juntos en un bloque izquierdista; y así se pasan la pelota unos a otros sin que se columbre ninguna alianza factible. 

En el fondo, lo que está sucediendo posee trazas de 'lucha de egos' mezclado con un proceso de des-estructuración del antiguo orden político, en cuyo caso presenciamos la eterna coyuntura histórica del cambio frente a lo inmutable, lo viejo frente a lo nuevo. Es hora de que los partidos se despojen de sus añejos ideales y trabajen en común por un proyecto llamado España; es tiempo de mostrar la verdadera fe por el país y, ya que nadie puede gobernar en solitario, hacerlo conjuntamente, en consenso, aparcando a un lado los reproches y los miedos, los ideales y las agencias, y apostando por el cambio, un cambio que no tiene nada que ver ni con Venezuela (como los medios han manipulado) ni con la fuga de capital; sino que cristalizará en un entendimiento, en un término medio, para conseguir que el país salga del hermetismo socio-económico al que, por culpa de las medidas y recortes de los últimos años, ha sido sometido.

Lo más triste de todo es que hay una realidad mucho más compleja: los intereses de los monopolios empresario-familiares, la corrupción, las ansias de poder de egocéntricos empedernidos, el nepotismo, el 'cainismo' tipo hispano, la voraz sombra de la iglesia, el clasismo populista de las élites o el populismo clasista de la clase media obrera; todos estos factores, y más, desembocarán de nuevo en desavenencias insuperables... De este modo, los valores sectarios de los grupos de poder se encuentran por encima del proyecto de España y, por lo tanto, el país siempre será ingobernable.        


domingo, 4 de septiembre de 2016

¿Qué está ocurriendo en el mundo?

Desde que Colón levantase el estandarte de cristo en el 'Nuevo Mundo', los españoles hemos sido colonizadores también. Al mismo tiempo, portugueses, holandeses, franceses, ingleses e italianos se montaban en sus barcos y colonizaban el mundo. Fue llamado la 'Era de los descubrimientos'. 

Allá que iba el europeo con sus armas, sus leyes y su comercio a explotar los continentes y a someter a otras culturas: a África, América, Asia arribaron miles de personas en busca de un sueño de prosperidad, pero también, detrás, estaban las monarquías ansiosas de conseguir oro y plata para subvencionar sus guerras. En esta larga cadena de sucesos, muchos europeos se dieron cuenta de la crueldad que suponía la colonización e intentaron protestar, aunque la mayoría de las veces sus voces fueron calladas. 

Luego llegó el siglo XIX, el capitalismo y la industrialización. El europeo llevó sus máquinas, su educación y sus ejércitos. Trazaban extensas rayas en los mapas, dividiendo el territorio en función de los recursos, y en función de las relaciones de poder con las otras potencias colonizadoras. De este modo, cortaron por la mitad culturas, pueblos, lenguas y pensamientos; luego, les dieron privilegios a unos y apartaron del poder a otros; luego, les dieron armas a unos y esclavizaron a otros; Así durante generaciones. 

Entonces, vino el siglo XX y las guerras entre los mismos colonizadores acabó con el ego imperialista y tuvieron que abandonar las tierras que habían colonizado. Entonces, dejaron un panorama de guerras civiles y desordenes allá donde habían pisado. Los europeos, sin embargo, evadiendo responsabilidades, miraron hacia otro lado, como si nunca hubiesen roto un plato. Masacres, epidemias, hambrunas, la sangre corre a raudales en esos países. Entonces se dieron cuenta que, en realidad, los recursos se estaban acabando en el mundo y existía la necesidad de mover fichas para volver a controlar esas tierras; pero ya no podían ir con los estandartes en alto, pues la conciencia del europeo había cambiado, y esas voces que antes eran calladas con leña y plomo, ahora eran muchísimas. 

No obstante, habían creado las 'guerras ocultas': así pues, subvencionaron a guerrillas, ejércitos paramilitares, mercenarios y dictadores a cambio de poder y millones de dolares y, sobre todo, a cambio del control del territorio por empresas occidentales. Esos países, antes colonizados, juegan un rol cambiante según la situación: pueden ser amigos de los europeos, pero también pueden ser enemigos, si ellos no permiten que los recursos de su país sean explotados... Allende, Bin Laden, Hussein, Gaddafi, Al-Ásad, ... El próximo no lo sabemos... Pero seguro que será un país donde abunde el petróleo o el gas natural. Ahora, en el presente, los países colonizadores reciben miles de emigrantes y refugiados que huyen de los conflictos que nosotros hemos creado. Ellos huyen de la guerra, el hambre y la miseria, pero se mueven también por el 'sueño americano'. que les hemos vendido y que ellos han visto en las películas de Hollywood; el mismo sueño que nos vendieron durante siglos cuando nos mudábamos a sus países. 

Esta es la triste historia de todos los conflictos existentes del presente.

viernes, 12 de agosto de 2016

La Monarquía española

Si me preguntaran qué quiero elegir, si Monarquía o República, lo tengo muy claro: ninguna de las dos. Pero si tuviese que someterlo a un acto de profunda reflexión, en cuyo caso habría de buscar argumentos razonables y sopesarlos hasta alcanzar una respuesta firme, entonces, con total convencimiento, elegiría una República.

Las retrógradas élites españolas vierten sobre la opinión pública un concepto anodino, arcaico y bastante controvertido; manifiestan que España no está preparada para la abolición de la Monarquía y el advenimiento de una República, y suelen poner como ejemplos los dos malparados ensayos que experimentó el país en 1873 y 1931 respectivamente. Esto es tan incierto como perturbador. Ahora es justo el momento de superar esta lacra llamada monarquismo, y convocar un referéndum en el que los españoles podamos elegir democráticamente una de estas dos formas de gobierno. Pudiera ser que hubiese más interesados en el cambio de lo que se piensa.

No obstante, existe un problema de raíz. Aunque los ciudadanos tuviésemos claro qué elegir, estimo que la idea que se tiene de una República no se acerca lo más mínimo a la realidad, quizá debido a décadas de falso adoctrinamiento o, al mismo tiempo, como consecuencia de la fuerte autocensura (o lavado de cerebro, como se quiera decir) en los medios de comunicación, suprimiendo cualquier tipo de debate antimonárquico, que ha provocado que la conciencia ciudadana quede emborronada por falsas visiones. Deberíamos emplear un discurso limpio, sereno, con fundamento, nada que ver con la proclama que tanto cavernícolas de la derecha como nostálgicos de la izquierda han venido forjando en los últimos treinta años; un discurso que asuma la responsabilidad de columbrar los tiempos modernos.

Así es. Los viejos discursos empleados se amparan en ciertos aspectos traumáticos de nuestra historia contemporánea que surgieron en las postrimerías del siglo XIX. Llegados a este punto, los monárquicos estigmatizan la República comparándola con un gobierno inmaduro que desembocó en una guerra civil por culpa de su nefasta administración, por lo tanto sería como retroceder a 1936. Por el contrario, los republicanos afirman que éste fue el sistema más progresista y legítimo que hubimos tenido, borrado de un plumazo por las mismas fuerzas “chaqueteras” que hoy en día  defienden el sostenimiento de la Casa Real. Dentro de esta olla a presión se entremezclan diferentes componentes obsoletos y, sobre todo, añejos, como por ejemplo la idea de que en una República sólo cabría partidos proletarios; o que, si expulsaran al rey, el sistema sería aún más corrupto; o que, en caso de un cambio, la nación sucumbiría a conflictos sociales de tal índole que retornaríamos a un conflicto civil.   

Para ser honestos, en los últimos años el prestigio de la Corona ha venido sufriendo una serie altibajos; han salido a la luz escándalos, casos de corrupción y acciones groseras por parte del monarca: la imputación de Undangarín y la infanta Elena, los pomposos safaris en Bostwana  de Juan Carlos en donde cazaba elefantes, el disparo en el pie del menor Juan Froilán, nieto mayor del rey. Todos estos bochornosos escándalos, sumado al contexto de la crisis económica que dura ya la friolera cifra de siete años, ha provocado que la opinión pública comience a pensar que la Corona es un lastre para la sociedad española.       

La gente de a pie, los jóvenes desempleados, los emigrantes españoles que viven en el extranjero, los estudiantes y un largo etcétera creen que un cambio es necesario y posible, y más en los tiempos que corren. La cuestión es comenzar a abrir el debate, dejar que la gente pueda expresarse y remodelar las ideas cortando los cabos que nos unen con esas ideas anticuadas, mirar al futuro, sugerir que la III Republica puede llegar a ser una forma de gobierno ecuánime, aludir los 58 millones de euros anuales que cuesta mantener a la Monarquía y, en definitiva, preguntarse si ese dinero podría emplearse en otros menesteres de interés público.

Una cosa es ineludible; el grupo de ciudadanos que desea una República cada vez es más numeroso y mejor preparado. Algún día, quizás dentro de poco, la nación estera se levantará proclamándola hasta que los carcundas del poder no tengan más remedio que hacerlo. Entonces, surgirán nuevos interrogantes de cómo gobernar al conjunto de la ciudadanía.

Para terminar, a modo de conclusión, desvistiéndome de mis uniformes inconfomistas, escépticos y libre-pensadores, me gustaría declarar que estoy a favor de la República, pero – como media para avanzar en el progreso y conseguir otros objetivos –, así decían los ideólogos revolucionarios en la España de los años 30; con la excepción de que en mi caso, ese objetivo no es la revolución del proletariado, sino la revolución de uno mismo, del pensamiento y las ideas… y después, ya hablaremos.  

El yacimiento prehistórico de Chatal Höyùk.Trabajo de síntesis (Universidad de Málaga)

Relato corto: La rebelión de las estatuas.