miércoles, 24 de marzo de 2010

La cabaña de Antonio

No muy lejos de aquí se yergue un pueblecito costero, antaño casitas de pescadores cuyas barcas lanzaban sus redes vaciando las despensas de la “mar salá”. Su nombre es Lagos, término municipal de Vélez, justo en la frontera torroxeña. Un grueso riachuelo, seco la mayor parte del año, divide Lagos en dos. Pues justo en un recodo, muy cerca de la N-340, hay una cabaña: La cabaña de Antonio. Antonio es una reliquia del pasado. Antonio es anarquista y católico, bohemio y tradicional, joven y viejo. Antonio posee las virtudes del tiempo, del mundo, del ser humano y su cabaña es un claro reflejo de ello. La cabaña de Antonio es un santuario a la naturaleza. Es un Edén idílico. Está rodeado de vegetación exuberante, de animales domésticos, de tranquilidad y sosiego. En otros tiempos la cabaña fue centro de reuniones, celebraciones, banquetes. Hoy es un tranquilo hogar lleno de viejos recuerdos.
A la cabaña han ido personalidades de todos los colores quienes deseaban encontrar el más absoluto aislamiento: ricos y pobres, famosos y anónimos, revolucionarios y reaccionarios pisaron su suelo. Allí reparaban el mundo, analizaban las pasiones humanas, buscaban respuestas espirituales, mezclaban panaceas contra el amor, sanaban las recientes heridas. Un sinfín de mentes pensantes, durantes años incesantes, malgastaron sus neuronas en la cabaña de Antonio. Porque la cabaña de Antonio es un museo de la modernidad, del pasado y del presente. Si te pasas por allí, Antonio te ofrece amablemente una plática: Se aprende mucho escuchándolo. Antonio creció en una dictadura en el que, según me cuenta, "no había ni noche, ni día, ni tiempo". Su vida es un “best seller” de lo cotidiano, me dice inflado de sentimientos nostálgicos. Admite que le pesan las arrugas del tiempo pero, como alma joven e imperecedera, ama la libertad pues todos fuimos jóvenes una vez. Él aprende tanto de la juventud que le ayuda a renovar sus energías. Por eso, cuando la visita ha acabado, me invita a regresar. Y atrás, cada uno de los que saboreamos las delicias de la cabaña de Antonio, dejamos un trocito de nuestra esencia, guardada celosamente en un tarro de cristal, para que en el futuro Antonio pueda entregárselo como presente a la Madre Tierra, a la hija Luna y al hijo Sol.

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