martes, 23 de marzo de 2010

LOS VESTIGIOS DE AL-ANDALUS

¿Cómo es posible que un lugar tan cercano a nosotros (y digo cercano porque no hay más de 14 kilómetros entre Tarifa y Tánger) sea totalmente desconocido para la mayoría de los andaluces? Quizá sea el mar que nos separa o la religión que nos identifica, pese a que compartimos las mismas aguas y el mismo Dios.

Ocurre que si cualquiera atravesara el “charco” y visitara Marruecos, inmiscuyéndose en sus tradiciones, folklores y gastronomía, se percataría pronto de la enorme similitud que existe entre nuestras dos culturas. Eso mismo pensé yo cuando estuve en Tetuán-Chef Chauen-Akshua.

Basta con decir que los musulmanes estuvieron nada más y nada menos que casi ocho siglos habitando la Península Ibérica, sembrando la tierra de los conocimientos, la lengua, la arquitectura y los ritos islámicos. Por este motivo, y eso es lo extraordinario, hemos heredado de ellos numerosos aspectos que a día de hoy ignoramos completamente. Sin hablar de la mezcolanza racial. Esto se debe a cuando los cristianos terminaron por conquistar el Reino de Granada en 1492, ya que muchos musulmanes (llamados moriscos) se quedaron aquí, cohabitando y mezclándose con los “cristianos viejos”. Es lógico pensar que, si recorriéramos nuestro árbol genealógico, descubriríamos que innumerables andaluces portamos el gen de la “media luna”.

Para mayor credibilidad, en los pueblos de Marruecos perviven la magia y el misterio de lo que una vez fue Al-Andalus. Sólo tienes que introducirte en sus laberínticas medinas serpenteantes como las mismas calles de la Villa; probar sus exquisitos guisos similares a los potajes andaluces de mama; oler la fragancia de las especias, el aroma del azahar, la brisa de la montaña.
Cuando paseas por los zocos, la presencia de colores chillones inunda nuestras retinas. Colores que manan de alfombras, cerámicas, colorantes, collares, pulseras, pendientes, chilabas, jerseys, gorros, cuadros, instrumentos y cientos y cientos de artículos que explotan delante de nuestros ojos como un enorme arco iris. De repente, como en un coro de afligidas voces al unísono, las mezquitas llaman al rezo y la vida se paraliza. Ese sonido místico nos envuelve transportándonos a épocas lejanas, mientras revivimos sensaciones de tiempos remotos, de un reino que fue luz y esplendor del pasado.

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