lunes, 26 de abril de 2010

juegos de la infancia



Os voy a contar un relato de cómo los chicos de mi generación se divertían. No hace mucho de ello, aunque sí algunos de estos juegos han desaparecido, siendo sustituidos por otros sistemas de diversión más informatizados. Con esto no quiero decir que en el pasado se divirtiesen mejor que en el presente; ni que decir tiene que cada generación ha tenido sus propias maneras de entretenerse. De eso no cabe duda.

Sin embargo, los niños de ahora tienden a enclaustrarse en sus habitaciones durante las horas libres o reunirse con catervas callejeras nada prometedoras. Antes los padres nos permitían pasar la mayor parte del día en la calle porque - eran otros tiempos - existían menos peligros y, por supuesto, había mucha menos accesibilidad a las drogas. Cuando el reloj marcaba las 8 de la tarde, hora de cenar, regresábamos a los hogares sucios, cochambrosos y, nada más cruzar la puerta, íbamos de cabeza a la bañera.

Antes, mucho antes que el video juego y el PC inundaran los hogares, los niños jugaban en la calle o en el campo. Un fantástico y legendario mundo se abría en el exterior. Naturaleza frente a ciudad; cualquier elemento que procediese de ambos espacios podía llegar a ser un divertimento. Como por ejemplo, con los embalajes que Fernández Olmo tiraba. Antes de que el camión de basura se los llevase, los utilizábamos para construir casas de cartón. En especial, con aquéllos grades que empaquetaban frigoríficos hacíamos “la rueda del tanque”: nos introducíamos tres o cuatro en el interior y, como la ruleta de un hámster, lo empujábamos y lo echábamos a rular cual coloso “Panzer”.

Por temporadas todos los niños de todas las barriadas de Vélez jugaban a lo mismo y se celebraban competiciones multitudinarias: con las canicas de cristal, competíamos al “cosqui cuarta”; con los cromos de fútbol, a los colores, a “alejar” o a “pisarla”; en la época de los trompos, al círculo y si podías permitirte que un fragüero te sacara punta al trompo, aún más, si tenías buena puntería, te convertías en el rey del Barrio quiebra-trompos.

También confeccionábamos armas con medios tan asequibles como nos lo permitía la economía de entonces: cortando dos trozos iguales de un palo de escoba, uniendo sus extremos con una cadena de eslabones medianos engarzadas a un cáncamo, te fabricabas unos potentes nunchakus: el arma preferida del Ninja. Recortando el cuello de una botella de plástico, en cuya boca colocabas un globo de “a duro”, confeccionabas un tirachinas. O con un listón de madera, un clavo, el muelle de unas pinzas de tender ropa y un elástico, fabricabas un arma mortífera para matar pequeños reptiles.

Incluso existían juegos colectivos de equipo. “El Dólar” tenía múltiples juegos como “la vuelta ciclista a España”, “bombero, bomberito, bomberón”, “las salchichas colgantes”, etc.

Otra de las diversiones que se ha ido perdiendo es el “chichimonete”. consistía en saltar sobre el equipo contrario hasta que esté se encontrara sobre su grupa. Tras esto, el que ha llegado más lejos pone sobre la espalda del contrincante 1, 2 o 3 dedos y pregunta ¿Sota, caballo o gallo? Si el rival acierta, cambian de posición. Era un juego muy sufrido y peligroso, pues entraba en juego no solo tu habilidad adivinatoria, sino la resistencia de tus huesos y de tus músculos.

En fin, analizando esta cuestión, se me ocurre una idea. Y es que antes no había tanto lujo, por lo cual los niños eran más ingenuos, imaginativos, audaces en maneras de divertirse; con pocos recursos, prácticamente con casi nada, construían castillos de fábula.









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