lunes, 19 de abril de 2010

la esencia de la vida



Arriba en la montaña me hallo de nuevo. Observo en lontananza el horizonte, tantas veces examinado como la foto manoseada de alguien que hemos querido y que ya no está con nosotros. Los años comienzan a pesar pese a la juventud de mi espíritu renovador. Acaricio las heridas por si, casualmente, han cicatrizado. No hay dolor ya. La amargura del desdichado se ha marchado mientras que, ahora, permanece la tortura del sabio.

Jamás comprenderé esta vida. Renuncio a ello. He abandonado la pluma del poeta y la he sustituido por el carpe diem. Es entonces cuando mi alma se ha liberado y puedo ver con mayor claridad todas esas imperfecciones callosas que rondaban mi cabeza. La persiana se ha levantado para dejar paso a la tibia luz de una primavera certera, deliciosa, pacífica.

He aprendido muchas cosas. He aprendido a escucharme y a escuchar. He aprendido a reprimir mis instintos negativos y expulsar los demonios del pasado. He aprendido a ser aún más generoso, humilde, sensible. He aprendido a dejarme llevar por las olas de lo cotidiano, vadearlas y cambiar de dirección sin ningún motivo aparente. He aprendido a no darle a una cosa más importancia que la que se merece. He aprendido a sentir los latidos de mi corazón. He aprendido a conformarme con mi inconformismo. He aprendido a ser yo mismo… aunque aún puedo aprender más y más y más. Esa es la esencia de la vida.


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