lunes, 24 de mayo de 2010

carta roja


A mi querida madre en los últimos momentos de mi existencia

Le escribo con tanto pesar que difícilmente puedo coordinar mi expresión a causa del difícil lance que estoy viviendo. Mi aliento se apagará en breve. Pronto abandonaré este mundo y sufro mucho por ello.

Aunque este sufrimiento no es, para nada, un sentimiento timorato. No tengo miedo a morir. Temo por usted, mi amada madre, porque se que el vacío que dejaré en su corazón nunca podrá llenarse, mas cargará con ello el resto de sus días. Y más sabiendo los estrechos lazos que siempre nos han unido. Nunca podré recompensarle los sufrimientos que os llevo ocasionando por culpa de esta maldita espiral de violencia que ha transformado al hombre en un lobo sediento de sangre.

No sabremos cuando acabará esto, ni cuántos inocentes tendrán que soportar el batir de la barbarie. Por el contrario, usted deberá estar sosegada, con la conciencia muy tranquila, levantando la cabeza bien alta sin avergonzarse de nada en absoluto: pues su hijo no muere por ser ladrón o asesino. Mi inocencia es indiscutible y mis manos jamás se mancharon de sangre sino todo lo contrario; mis manos salvaron vidas que ahora parecen ignorar mi situación. De todas formas, no hay reproche en estos amargos párrafos. Si protegí a esos señores, lo hice sin pensar en una garantía de devolución. Lo hice por mi profunda repulsa a la violencia; por respeto a la vida.

Y sin embargo soy víctima de las pasiones humanas. Cargo con pecados que no son míos, con los de aquéllos que se dejaron arrastrar por la avaricia, por el odio y la envidia, por el revanchismo político… Todo ocurrió tan rápido. Yo incluso llegué a creer que el cambio era posible.

Durante siete meses vivimos un sueño hecho realidad en un entorno que cambió bruscamente de la noche a la mañana. Las lecturas más comprometidas, las arengas más subversivas dejaron de ser lejanas utopías para convertirse en algo que se podía palpar. Siguió, a continuación, un proceso rápido y fulminante. En tan poco tiempo se pusieron en funcionamiento los engranajes de la revolución con los cuales el proletariado pudo, por fin, ver cumplir una de sus expectativas más añoradas. Se colectivizaron fábricas y tierras, se controlaron los comercios y se incautaron del ganado. También, el dinero prácticamente dejó de existir. Algunos, los más humildes de condición, llegaron a comer carne por primera vez. Ya ves, madre, ironías de la vida.

Pero así como la balanza se inclinaba a favor de la clase que siempre había aguantado el libre albedrío de los acólitos del cacique, pronto se desató la violencia más extrema. Al llegar la noche, se sucedieron los asesinatos. El “paseo”, como así lo llamaban con frivolidad y cinismo, implantó el terror en las familias acomodadas de la ciudad. Personas de derechas huían o se escondían temerosas de morir a manos de sus verdugos.

Poco después, numerosas esposas acudieron a mí solicitando ayuda, pues yo era miembro del comité de enlace por aquel entonces. Ellas conocían ese detalle. Desde el principio me opuse rotundamente a los crímenes, pero mi situación era aún más comprometida que la de sus propios esposos. Lo que no supieron entender fue que, aunque me proclamara en contra del paseo, aunque pudiera ocultar en mi casa a unos cuantos católicos o consiguiera expedir varios salvoconductos para que algunos señoritos salieran de Vélez, mi propia vida corrió peligro.

En momentos en los que no existe ningún paréntesis para la tolerancia, la guerra nos ensombrece y nos ciega, abandonados a exaltaciones primitivas y espontáneas propias de un pueblo castigado, enfermo, analfabeto. Si bien yo pude mostrar un camino de esperanza para numerosos desesperados, por este motivo sospecharon de mis acciones y se las arreglaron para expulsarme del comité. No hubo declaraciones abiertas, seguramente por mis antecedentes en el sindicato. No obstante más de uno me tachó de fascista, mientras que mis convicciones ideológicas estaban en un nivel muy por encima de todos esos advenedizos de instintos homicidas, sobre todo esa pandilla de milicianos que actuaban por su cuenta y mantenían a raya al mismo comité.

Si no llega a ser por mi hermano Pepe, el cual se había ganado el respeto de la mayoría de los milicianos por ser un héroe en el frente de Zafarraya, al haber entablado combate con los facciosos en cuantiosas ocasiones, sin duda mi suerte se habría torcido. Pepe veló por mí, me protegió durante aquellos últimos momentos antes de que el frente se rompiera. Luego, los acontecimientos se sucedieron tan precipitadamente que apenas nos dio tiempo a pensar. Me acercaba a un abismo insondable, confiado en mis buenas hazañas o, mejor dicho, engañado por mi excesivo altruismo.

A comienzos de febrero de este año Pepe vino del frente y nos comunicó que el final se acercaba. Nos aconsejó que nos dirigiéramos a Almería, a zona gubernamental, porque las tropas de Franco estaban a punto de entrar en Málaga y nadie podría remediarlo ya, ni siquiera los miles de jóvenes que se encontraban protegiendo la provincia en los puertos de montaña.

Recuerdo que usted se negó a marcharse mientras que yo, pese a las continuas reprimendas de mis compañeros del sindicato instándome para que huyera, no quise dejarla a usted sola. “Las bombas de los fascistas no entienden de buenos y malos. Primero bombardearán la ciudad y segundo entrarán a punta de bayoneta. Lo peor de todo vendrá después,” me decía Pepe, “fusilarán a todo aquel que haya pertenecido a un comité o partido político de izquierdas”. Pepe, al vislumbrar mi obcecada decisión de permanecer en Vélez, no insistió y regresó al frente.

Desde entonces, no lo he vuelto a ver. Espero que se encuentre a salvo.

No tema usted por él, madre. Pepe es fuerte, le acompaña una buena estrella. Solo que me hubiera gustado haberle dicho que tenía razón. Le ruego que si algún día regresara a casa, dígale que me perdone por no haberle hecho caso. Sabe usted que siempre discutíamos por estupideces. Era una costumbre nuestra. Sin embargo, aquella vez no le obedecí por contrariarlo. Me quedé por usted. Y, aunque ahora me roban la vida injustamente, volvería a repetir esta acción si fuera preciso.

Las cosas no transcurrieron exactamente tal y como explicó mi hermano. Solo cayeron bombas a las afueras de la ciudad y los soldados no entraron a punta de pistola. Tampoco hubo resistencia, ni mucho menos corrió la sangre. Casi todo el mundo estaba aterrorizado, encerrado en sus hogares, o bien había huido. La noche anterior el Teatro Principal, convertido en polvorín por las milicias, explotó y su estruendo se oyó a varios kilómetros a la redonda. Esto reactivó la alarma en la población y cientos de veleños, entremezclados con los miles de forasteros, refugiados y milicianos que había llegado de los cuatro rincones de la Axarquía, iniciaron el éxodo hacia Almería, ya de madrugada. En realidad, las propias autoridades republicanas incendiaron el teatro para evitar que el armamento cayese en manos enemigas.

No fue hasta las tres de la tarde del día siguiente cuando un tanque oruga italiano penetró en el interior de la población y en la Plaza de San Juan de Dios disparó varias ráfagas al aire. Aquello representó el comienzo del desfile militar. Para cuando las fuerzas franquistas, compuestas por moros e italianos, atravesaron la ciudad, las calles estaban totalmente vacías. Únicamente algunas familias conservadoras colgaron en sus balcones banderas falangistas o nacionalistas aventurándose a gritar ¡Vivas a España! ¡Vivas a Franco!

Las jornadas que continuaron a la entrada de las tropas fueron terribles. No pasaron más de cuarenta y ocho horas cuando se dieron comienzo a los arrestos. Cuadrillas de falangista y guardias civiles iban de casa en casa y se llevaban a la gente a golpe de culata. La cárcel, el arresto del ayuntamiento, la plaza de toros,todos estos puntos acogieron a centenares de presos. Estaba atardeciendo cuando vinieron a nuestra casa. No quise esconderme, ni mucho menos pensé en resistirme.

Usted lloraba a lágrima viva mientras me abrazabas y me pedías que me fugara. Después de delicadas caricias y dulces besos, la pude convencer para que yo mismo abriera la puerta, ya que si no lo hacía, ellos amenazaban con echarla abajo. La abrí. Una docena de uniformados me estaban esperando. ¿Es usted Manolo el Zurdo?, preguntó un joven camisa azul de espalda ancha. Sí, contesté serenamente. ¡Andando!, gritó empujándome con la pistola que portaba en una mano. Usted se me echó encima para darme un último abrazo entre dolorosos llantos. Créalo, madre, para mi fue tan duro como para usted. Mi alma se partió en millones de trozos. No deseaba dejarla sola. No deseaba por nada del mundo hacerla pasar por este trance. Le susurré al oído que no se preocupara, que ya habría alguien, de esos a los que salvé, que me avalara. Aquellos pistoleros con sus helados espíritus nos separaron y usted cayó de rodilla en la calle sin que nadie la consolara, ahogada en una pena eterna.

Emprendimos la marcha. Giré la cabeza buscando su silueta. Seguías allí, de rodillas, estremeciéndose de tristeza. No tengo duda de que fueron los minutos más espantosos de mi existencia, más que la propia muerte que me acecha. Guardo su imagen en mis recuerdos como un puñal clavado en el pecho.

Y aquí permanezco aguardando en el patio de la cárcel. Poco tiempo me queda. No tardarán en sacarnos a todos. Entonces, el río llegará a su fin acompañado de estelas rojizas que iluminarán la oscuridad. No obstante, antes de entrar en las puertas del averno, echaré una mirada al pasado, con cuyo ejercicio intentaré averiguar cómo fue posible que mi camino haya acabado en este callejón sin salida. No merezco estar así. Nunca fui un hombre malo. Es paradójico. Los malos viven para contar sus fechorías mientras que los buenos pagan por ello. Aunque se que el tiempo pondrá a cada uno en su lugar. Sólo me queda esa esperanza.

Tiemblo de frío pese a estar cubierto con la manta que me trajiste. La luz de la vela mengua. Los segundos se vuelven horas. Las respiraciones se entrecortan. Estoy sudando; es el sudor de la muerte…

Su hijo Manuel. Arresto Municipal de Vélez-Málaga. 1 de marzo de 1937

1 comentario:

  1. y aun asi aquellos que fueron los berdugos y que sus nietos gobiernan intentan hacer olvidar a los españoles lo que era legitimo y legal . Aunque el pueblo español necesita poco para olvidar la historia siempre que haya futbol y programas de corazon. Viva la republica y aquellos que con sus principios y su vida la defendieron.

    ResponderEliminar