miércoles, 26 de mayo de 2010

conversaciones con Lola


En primer lugar, no soy tan joven – le dije –. Tengo 30 años, contesté.

En segundo lugar, cualquier trabajo es digno si con ello puedes ganarte la vida y vivir libre – afirmé –, aunque muchos viven esclavizados.

En tercer lugar, vengo de una familia tan humilde como la tuya – le reproché –. De padre carpintero y madre ama de casa; con tíos que aún llevan el estigma de la pobreza (pues una tía mía es analfabeta). Aunque los tiempos cambian, y la gente también.

En cuarto lugar, no me has defraudado – aclaré –, para nada, ni yo buscaba cortejarte para llevarte a la alcoba. Buscaba sólo información sobre la persona con la que acabo de entablar una conversación, espero que duradera.

Y quinto y último lugar – adelanté –, no me compares con un genio; lo genios no existen. Yo soy igual que tú, quitando algunas ventajas de las que he disfrutado (como por ejemplo el haber tenido la posibilidad de estudiar). Un genio puede solucionar una cuenta matemática en la mitad de tiempo que yo, o escribir una fórmula que cambie el universo... pero después, en el fondo, esa persona tiene los mismos sentimientos que yo; miedo, valentía, tristeza, alegría, vergüenza o poca vergüenza. He conocido a genios que de cara al público causan sensación por sus habilidades, pero, tras esa máscara, tienen tantos complejos y tantos problemas como cualquiera. He conocido a genios que tienen menos vocación que un cabrero que con su rebaño se aleja de la civilización cada madrugada, resguardándose en la tostada campiña.

Por eso, en esta vida todo es relativo – opiné –, y todo depende del punto de vista del que ves las cosas. Yo ya no me creo nada. Intento vivir la vida día a día, compartiendo las pequeñas cosas que me hacen feliz. No soy ambicioso, carezco de soberbia, y no soy inteligente hasta el caso de aprovecharme de los demás. Es cierto que este mundo está podrido por la maldad de las personas. Pero lo importante es salir de ese círculo, rodearte de gente positiva o, en su caso, disfrutar de tu "soledad consentida", como decía Antonio Gala.

Todo depende de lo que quieras para ti y de lo que quieras dar para los demás – declaré –. Es sencillo, pero tremendamente difícil de asimilar. Yo tardé mucho en comprenderlo y, aún así, mi padre me reprocha continuamente que mi corazón inocente me jugará malas pasadas... pero no puedo cambiar… yo soy así…

A veces, la vida duele, duele como un amor perdido – concluí diciendo –. Caes una, dos tres veces. Te vuelves a levantar, vuelves a caminar y todo sigue su curso... no puedo quedar inmóvil ante el viento de poniente, pese a que en ocasiones me resisto a él. Escucho las notas de una canción, toco mi guitarra, emito un suspiro... Nada es igual que antes.

1 comentario:

  1. Todo el mundo en la vida, en un determinado momento, pasa de ser un niño caprichoso que no entiende la justa medida de las cosas, y se transforma en un adulto, consciente de que sus acciones tendrán repercusiones en uno mismo y en los demás. Me parece muy bonito el canto a la inocencia del niño, la desmitificación del concepto de genio para recordar que son personas, pero yo concluiría más que con un quejío porque la vida va pasando y todo cambia, apelando a vivir cada etapa que te da la vida, sacando lo máximo de ella, viviéndola intensamente.

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