lunes, 14 de junio de 2010

5 años de Memoria Histórica en la Axarquía. Primera parte


DECLARACIONES

Hace ya cinco años de aquello que se llamó “ley de Memoria Histórica”. Coincidió con el cambio de Gobierno. Aznar, del Partido Popular, había sido derrotado en las urnas por el candidato socialista José L. Rodríguez Zapatero.

A partir de entonces, se inició un proceso socio-cultural singular que ha durado hasta nuestros días. Ha llovido mucho desde entonces.

¿Cómo comenzar narrando mis experiencias en este campo? En primer lugar, quisiera hacer una declaración de intenciones.

Es innegable la vinculación de este tema con lo político y más teniendo en cuenta que, a día de hoy, la Guerra Civil permanece muy viva en la cognición colectiva española. Aunque a veces, la dignidad y el orgullo de las agrupaciones políticas del presente han sacado a colación la falta de consenso, la discordia, cuando se supone que todos los sectores tenemos la misma meta o “estamos montados en el mismo carro”.

No pretendo hacer una valoración negativa de la situación. Solo que, a lo que a mí respecta, esto se nos está yendo de las manos por culpa de esa lacra que venimos arrastrando. Sí. Desde 1936. Porque parece que han resurgido los mismos resentimientos exaltados de antaño, con los mismos tópicos. Por aquel entonces, perdimos una guerra. En la actualidad, estamos perdiendo el respeto por las víctimas y por la Historia.

No obstante, allá por el año 2005 nadie vaticinaba lo que se iba a desatar porque, sencillamente, la actividad de la Recuperación de la Memoria Histórica (englobando a todos los colectivos implicados) se mostraba sumamente aletargada.

EL COMIENZO

Fue un año antes, 2004, cuando di mis primeros pasos en el campo de la Guerra Civil.

Aún estaba estudiando la carrera de Historia y Lucia Prieto, profesora de Contemporánea, nos mandó un trabajo para una de sus asignaturas. Tuvimos que recoger testimonios orales de aquellas personas que vivieron el episodio de la Carretera Málaga-Almería.

Esto coincidió con una exposición de la Diputación de Málaga, en el mes de abril de ese año, que mostraba las fotos del médico canadiense Norman Bethune, el cual había sido testigo directo del primer bombardeo intensivo sobre población civil de la guerra. Me acuerdo que las fotos impactaron sobremanera, pues nadie se había imaginado que en aquel camino se hubiese vivido un auténtico infierno, más terrible aún que lo de Guernica.

La misma Diputación, durante los días que duró la exposición, recopiló los números de teléfonos de los ancianos supervivientes que asistieron al evento con el fin de hacer un trabajo de investigación. Nombraron como investigadoras a dos profesoras de la Universidad de Málaga: Lucía Prieto y Encarnación Barranquero. Y aquí surgió la primera polémica.

Jesús Majada, quien descubrió las fotos de Bethune en Canadá y las trajo a Málaga, no tuvo acceso a esos teléfonos. En cierto modo, se sintió excluido pues ¿cómo se sentiría el científico que descubre el antídoto para el cáncer y otros hacen uso de él, llevándose los méritos? Además, las dos profesoras estaban muy vinculadas al Partido Comunista y se vislumbró, una vez más, el tráfico de influencias que ejercía la Diputación.

Jesús Majada realizó una campaña de acoso contra ellas, incluso empleó amenazas de tipo judicial. Y yo, sin comerlo ni beberlo, me encontré en mitad de esa pugna.

Resulta que Lucía me había dado los teléfonos de tres octogenarios de Vélez-Málaga para entrevistarlos, como parte del trabajo de la asignatura. Eran contactos que formaban parte de la investigación que estaban llevando a cabo las mencionadas profesoras. Qué manera más fácil de hacerlo que ayudados por los propios alumnos a los que encargaba las grabaciones. Yo hice un total de siete entrevistas, cuatro más de las encomendadas, las cuales busqué por cuenta propia. El trabajo lo entregué en formato CD-ROM.

Entonces, Jesús Majada se puso en contacto conmigo. Yo no sabía nada del asunto y le ayudé también, entregándole el mismo contenido que le había facilitado a Lucía. Lo hice porque siempre he creído que la información debe compartirse para que haya más publicaciones y, por consiguiente, se contrasten mejor las interpretaciones.

A lo pocos días me llamó Lucía Prieto. Me contó todo el problema; lo del acoso, lo de los teléfonos de la Diputación. Sabía que yo le había entregado mis testimonios a Jesús y me dijo que cometí un error. Yo insistí en que desconocía la trama por completo.

Ella estaba preocupada, por no decir angustiada, porque mis testimonios eran muy buenos (en especial el fascinante relato de mi amigo Eloy Rodríguez) y temía que Jesús los utilizara en futuras publicaciones. De hecho, la Diputación prohibió terminantemente que Jesús pudiera echar mano a los contactos. La profesora simplemente obedecía.

Pero, ante esta situación, me hice algunas preguntas: Si nadie podía acceder a los números de teléfono, ¿por qué los alumnos sí? ¿Éramos instrumentos “gratuitos” con fines personales? ¿Habrían terminado el trabajo a su tiempo sin la intervención de los alumnos? Esto se me antojaba una maratón cuya meta era publicar un hecho histórico novedoso, una primicia, y todos corrían para conseguirlo.

No entiendo la actitud de la gente al intentar monopolizar cierta información. No entiendo el grado de competitividad que existe en el mundillo de la investigación. Lo que tengo claro es que, si puedo ayudar a alguien, lo ayudaré, sin prejuicios de ningún tipo. Esta es mi sincera naturaleza. No dudo en afirmarlo, pese a haber abandonado la investigación.

Al final, tanto Lucía Prieto y Encarnación Barranquero como Jesús Majada consiguieron publicar sus trabajos sobre la Carretera de Málaga-Almería. Las primeras lo hicieron por el CEDMA, el segundo por mediación del Ayuntamiento de Vélez-Málaga. En ambos fui nombrado como colaborador por las entrevistas que hice.

3 comentarios:

  1. Mer parece bien que los investigadores, igual que todo el mundo que hace algo de valor, quiera que su trabajo sea reconocido y respetado.

    Lo que no veo tan bien es que uno no se moje y al final termine siendo el amigo de todo el mundo (¿o de nadie?).

    En cuanto a la voluntad de que un investigador sea reconocido como el autor de un trabajo de investigación, te planteo la siguiente pregunta: ¿A ti como músico, si compones una canción innovadora en cuanto a estilo, te gustaría que otro grupo te copiara el estilo de tu canción por que sabe que estabas componiendo ese tipo de canción? La vida es un jardín en el que no solo hay rosas, porque ocultas entre la hierba hay zancadillas que como no mires el suelo te las comes...

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  2. Como músico te digo que, si compongo una canción, la patento. Pero los artistas permitan que se hagan "versiones", y a veces las versiones son mejores que las canciones originales....

    Espero haber contestado a tu pregunta...

    y tranquilo, tengo botas de montaña de goretex y doble capa transpirable

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  3. Casualmente caigo en tu blog y me veo retratado como participante en una pelea de juego sucio. Me extraña que así me reflejes, después del trato y de las formas que siempre usé contigo…
    En todo caso, es conveniente hacer algunas precisiones sobre lo que expones:
    1) La exposición no es de la Diputación, sino del Centro Andaluz de la Fotografía. Yo soy el creador y el comisario de la misma.
    2) Fui mía la idea (y no de la Diputación) de componer un censo de fugitivos. Fui yo quien diseñó y colocó los documentos necesarios para recoger la información.
    3) Fue una persona muy concreta de la Diputación, Esperanza Peláez (cercana al Partico Comunista), quien se apoderó del censo, que luego se entregó, en exclusiva, a las dos profesoras que citas.
    4) Fue después (y no antes) de la tremenda repercusión que tuvo la exposición y de conseguir el censo, cuando estas dos profesoras encargaron a ti y a otros alumnos que hicieran el trabajo. Yo no te encargué nada: tú me ofreciste libremente lo que habías recogido.
    5) Nunca reclamé para mí solo los datos del censo que a instancias mías se habían recopilado. Sí pedí que se me facilitaran para poder seguir investigando, pero me fueron denegados una y otra vez.
    6) Entonces recurrí al Defensor del Ciudadano, una institución creada por la propia Diputación. El Defensor del Ciudadano falló nítidamente que a mí también se me debía entregar toda la información. Pero la Vicepresidencia que había amañado todo este entuerto una vez más se resistió.
    7) Nunca realicé ninguna campaña de acoso, ni empleé amenazas de tipo judicial. Sí escribí nuevamente al Defensor del Ciudadano y le informé de que, si en el plazo de dos días, no recibía la información, escribiría una carta a todos los profesores de la Facultad de Letras e iría a la prensa para informar sobre las maneras de conseguir la información que usaban estas dos profesoras.
    8) Al día siguiente recibí todo el censo.
    Francisco, en el blog, como en la investigación, hay que ser preciso y absolutamente imparcial. Tengo defectos, sin duda, pero entre ellos no se encuentran, ni de cerca, la deslealtad y el juego sucio; tampoco me someto fácilmente a los abusos caprichosos de la autoridad.
    Investigo por afición. Soy atípico (doctor en Hispánicas y recuperador de los sucesos de la carretera de Almería…) y no he necesitado dar codazos: eso es para la universidad, y yo he enseñado en institutos.
    Y, para terminar, dos muestras sobre la objetividad y el rigor de quienes en la universidad de Málaga investigan la Guerra Civil: váyase a la biblioteca y búsquense dos libros capitales, que no se encontrarán. ‘Guerra Civil en Málaga’ de J. A. Ramos Hitos y ‘Carretera Málaga-Almería, febrero de 1937’, que escribí con Fernando Bueno; del primero (700 páginas de profunda documentación) dicen por allí que da una visión “de derechas”; el otro, la primera investigación sobre la carretera (con 55 testimonios), se ignora por estúpidos y provincianos celos.
    La otra curiosidad: yo cito en mis publicaciones los trabajos de Lucía Prieto y Encarnación Baranquero; ellas a mí no.
    No me preocupa. He sido yo, con mi exposición ‘El crimen de la carretera Málaga Almería / La huella solidaria’ quien desempolvó y dio a conocer esta olvidada, silenciada y trágica historia; primero a los malagueños, luego al resto de España, y también más allá de nuestras fronteras; ahora la exposición está en Sevilla, ha estado en una docena de ciudades españolas, en Montreal y en México D. F.; y en noviembre podrá visitarse en Pekín, Toronto y Madrid.
    Estoy muy orgulloso de ello.

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