lunes, 14 de junio de 2010

5 años de Memoria Histórica en la Axarquía. Segunda parte


A partir de aquí las cosas sucedieron deprisa. Mi interés por la Guerra Civil se despertó gracias, en gran medida, a la asignatura de Lucia Prieto. Emprendí el camino solo, aunque durante el trayecto conocía a personas entrañables.

A comienzos del 2005 inicié mi primera gran investigación. Me sumergí en el Registro Civil de Vélez buscando huellas de la represión franquista. Era la primera vez que trataba este tipo de documentos. Mi inexperiencia era total.

Por el contrario, por encima de todo, la lógica me ayudó a encontrar respuestas. Descubrí que en mi pueblo, Vélez-Málaga, la guerra civil también había hecho estragos.

Aparentemente, sobre las páginas de las actas de defunción no aparecen signos de fusilamientos. Cuando una persona era inscrita, solían escribir la muerte “a consecuencia de heridas”. ¿Heridas? Cualquiera en cualquier circunstancia podría haber muerto por “heridas”. Conforme me fui familiarizando con los documentos, descubrí dos indicios que me dieron más pistas. La primera era la línea espacio-temporal de las inscripciones. En 58 páginas seguidas se registraron 58 muertes por heridas, el mismo día, un 2 de marzo de 1937. Era lógico preguntarse qué había ocurrido. Lo primero que pensé fue que aquello podría haberse tratado de una catástrofe. Pero más adelante aparecieron otras treinta y tantas inscripciones de igual índole. Así se fueron sucediendo en los meses siguientes. Si a esto sumamos que las actas eran firmadas en función de carta-oficio del “Comandante Militar de la Plaza” y que lo fueron poco después de la entrada de las tropas nacionales en la ciudad, estaba claro que aquellas personas habían sido pasadas por las armas.

Un mes estuve encerrado entre las cuatro paredes del Registro Civil. Un mes tardé en sacar a la luz más de doscientos fusilamientos y otros tantos fallecimientos en la cárcel. Una cifra, la de 224, que me provocó escalofríos. Así que me dispuse a publicarlos. Sentía la necesidad de que todo el mundo debiera conocer aquella barbarie. No tardé en hacerlo. Para ello me ayudó el Diario de la Axarquía.

Aquí también publiqué algunos artículos sobre la Guerra Civil. Fueron un total de 21 episodios. El último de ellos trató del listado con los nombres de los represaliados. Pensé que aquel acto provocaría alguna que otra conmoción en la opinión pública. Sin embargo, hubo silencio. Un extraño silencio, mezcla de vergüenza y pasmo. Únicamente una persona llamó a la Editorial del periódico quejándose por tal “insolencia”, ya que “a los muertos de la guerra se les debería de dejar en paz”. Es curioso. Seguro que el interlocutor tenía a sus difuntos en un bonito y adecentado nicho del cementerio.

Sin duda, algo había conseguido. Rompí las conciencias. Expuse una información que nadie conocía, que en cierto modo estaba olvidado e incluso era un tema tabú. Y lo había hecho un jovencito universitario. A partir de entonces, hablar de la guerra pasó de ser una conversación cuasi prohibida a convertirse en lo habitual en las contertulias taberneras.

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