lunes, 7 de junio de 2010

la vida es música


No recuerdo con exactitud el día que despertó en mi interior el amor por la música. Antaño estaban los recopilatorios, como el archifamoso “Boom”, grabados en cassettes, que me hacían vibrar de emoción. Pero no fue hasta 1993, durante el viaje de fin de curso del colegio (a París), cuando interactué por vez primera en el campo musical.

Sí. Por aquel entonces acababa de aterrizar en plena adolescencia. Aún era un “video Games boy”, empedernido amante de las consolas. Uno de mis juegos favoritos era el Mario BROS. 3. Coloqué un radio-cassettes junto al televisor, le di al “pause” del juego, y mientras se escuchaba la canción del Mario compuse un Rap, dedicado a mi profesor de sociales por haber suspendido un examen. Luego, alguien me robó esa cinta y la puso en el autobús de camino a Francia. Todos los niños de la escuela quedaron sorprendidos al escuchar la reivindicativa canción, mientras yo me escondía por la vergüenza (menos mal que la evaluación ya había terminado, porque sin duda me harían suspendido - ese profesor al que yo criticaba era el guía de la excursión).

Mucho ha llovido desde entonces. Atrás quedó mi primera y amada guitarra española, comprada a mi buen amigo Javi por 8.000 pesetas, la cual tenía las cuerdas tan separadas del mástil que me hacía polvo las yemas de los dedos al tocarla. Pero a mi no me importaba. Yo quería aprender a tocar, llegar al nivel de los grandes. Toda esa caótica energía que sentía, la del adolescente acomplejado, la focalicé en la guitarra. Me encerraba en mi cuarto y no paraba de tocar. Día tras día, tarde tras tarde.

Después vino el turno de la guitarra eléctrica, pues la mayoría de mis amigos se la habían comprado ya. Me hice con una “Samick”, una pedazo de chatarra musical. ¡Qué le vamos hacer! No tenía dinero para más. Sumado a esto, el amplificador acompañante, si mal no recuerdo, marca la “pava”; AXL o algo así. Al poco, me compré una "Cort". Recuerdo que estuve todo un verano currando en el bar Florida Blanca para comprármela (imagínense el mosqueo que pillaron mis padres al conocer que todo ese dinero me lo había gastado en algo tan poco práctico como una guitarra eléctrica... Locuras de adolescente).

La fiebre por la música era total. Comencé a aprender canciones de NIRVANA, seguramente porque eran las más fáciles de tocar y porque a principios de los 90 Nirvana era el grupo generacional más famoso y con más seguidores entre los barrillosos adolescentes. Aunque en Vélez estaba también los fans de SMASHING PUMPKINS. Entonces, se formaron dos grupos radicalmente enfrentados y pasábamos las noches discutiendo cuál de las dos bandas de rock era la mejor entre sorbo de cerveza en el “Bareto” de Torre del Mar (que por ciertro costaba el quinto de cerveza 10 duros, o sea 50 pesetas).

Poco después, queríamos formar una banda. Queríamos ser famosos, comernos el mundo, aunque muchos de nosotros éramos unos auténticos petardos tocando nuestros instrumentos. Stereo Sounds, Cosmopolitan Moon, Fusión, Mare Crisium, La Manta Diablo, Kowalski, Scrappy, fueron los primeros grupos de la primera oleada de bandas veleñas que a mediados de los 90 se disponían a dar mucho de sí.

Mi primer concierto con los Cosmopolitan Moon fue en las casas prefabricadas, organizado por los Scouts, que tenían la sede junto al estadio de fútbol Viva Téllez. Luego siguieron conciertos emblemáticos como el Rock & Arroz o el Mar de Música, en el Paseo Marítimo de Torre del Mar. En el Ateneo Libertario o los Cocolondrocos en Vélez, y un largo etc.

Aquí comenzó todo. Desde entonces no he podido dejar esta droga llamada música. Por eso pienso que, para mí, la vida es música y todo está relacionado con ello… No hay un instante en mi vida que deje de pensar en música… La amo…

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