viernes, 25 de junio de 2010

La Villa




La Villa

Barrio obrero, arrabal surcado por arrugas añejas. Energía longeva fluye a través de sus laberintos morunos, brillantes cantos rodados de la corteza que pisaste tantas veces. El aire huele a lumbre de olivo, aljibe dulce y potaje medianero. Ballix es la cuna de Eva, de donde proceden los que te dieron tu corazón.

Anduviste, fisgón de espejos, y observaste a los villeros. Indagaste en los recuerdos más profundos. Digamos que de esta forma vences a las tinieblas y llegas al alba. Porque en cierto modo todos tenemos un puesto que desempeñar: y a ti te ha tocado descifrar el enigma de los hombres.

Como el rocío madrugador, cuyas cristalinas gotillas se deslizan sobre los dorados pétalos de un arco iris florero, son sus gentes.

Ahí van, dos jovenzuelos, piel aceitunada, andando al compás del estrépito armonioso de un palmeo gitano. Rebosantes de lucimiento, no se someten a nadie, pues entran triunfales, libres como las palomas, por el Real.

Allá sube la cuesta una ancianita rota, rota hasta el alma, trote de tortuga, apoyándose de trecho en trecho en las fachadas blancas y deslumbrantes, viejas como su menudo cuerpecito. Deseosa de arribar la ansiada meta, para refugiarse del caluroso siroco entre las gruesas paredes centenarias del hogar, la ancianita te atraviesa el pecho con una sabia ojeada incuestionable.

Pepe el follapoco entorna la puerta del quiosco engañando al señor fuego dorado, que no le deja entrar, que no le permite abofetear. Unas chiquillas pasan dentro, le piden un poloflash, escarcha azucarada, y salen, saltarinas y felices, relamiéndose los labios.

Tierra, tiembla. Ruido tecnológico. Cepilladora, serradora, repasadora, lijadora. Es la carpintería de la Villa, cuyas máquinas cortan listones como mantequilla. Te asomas y el perfume del serrín se encaja en tus glándulas olfativas. Entras y bebes agüita de la pila. ¡Qué rica y gustosa, siempre tan fresquita! Cantas un adiós mezzosoprano para que te escuchen. Papá, hermano Pepe y hermano David te devuelven el saludo. Sales de nuevo a la calle.

¡Cuidado! A lo lejos se acerca el Boca-hacha, famoso malhechor cien veces insolente, cien veces presidiario. Tras su enmarañada greña se esboza una profunda cicatriz hundida en el pómulo, regalo obtenido en algún ajuste de cuentas por alguna navaja traidora. Mirada bellaca, sangre de caballo desbocado, los viandantes, asustados, le rehúyen como si se toparan con el mismísimo demonio. Ya pasó dejando tras de sí sospecha impredecible.

Ahora, una armonía bucólica acompaña la brisa veraniega. Los curiosos miran al cielo y hacen un mohín tierno, ansiosos de atrapar en las redes de sus aurículas esas notas maravillosas, las cuales ascienden y descienden, bella escala diatónica. Mirad, es el afilador, quien recorre a menudo las calles, quien convoca las huestes de raídos filos de acero. Mírenlo con su corcel motorizado en cuyo lomo rueda que te rueda la piedra de afilar.

Nos acercamos al ocaso. El viento te trae el dulzón de las cañas de la vega, la fragancia azucarada de los jazmines hortelanos, la frescura de los pinos de la Fortaleza. El oro cambia a plata. El día, a noche. Y la vida, después del pesado fogón aletargador, parece renacer en su sacro esplendor. Entonces, la anaranjada bóveda parece cubrirse de un manto de acrobáticas golondrinas al son de rumorosos gorgoteos.

Tu querida Villa languidece bajo el rumor de la noche.

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