jueves, 1 de julio de 2010

cartas del pasado

ATT. de. J. A.

Supongo que estará usted muy sorprendido por mi actitud con lo relativo al archivo fotográfico del periódico La Monarquía. También se sentirá decepcionado, si bien me he demorado en entregarle los documentos que me prestó. Ante todo, disculpa por la tardanza; no pensaba quedármelos.

En la otra cuestión, usted era conocedor de mis bienhechoras intenciones respecto a sus colecciones. Forma parte de una de mis luchas que algún día los llamados "Amigos de la Cultura” hagan una campaña eficaz (y que se dejen de tantas excursiones por las calles del casco antiguo de Vélez) contra los grandes coleccionistas locales para que donen al Archivo Municipal todos sus preciados fondos, celosamente guardados, puesto que muchísimo bien harían a la investigación.

Creí que si usted se esforzó por donar sus fondos, lo hizo porque pensaba en dar el primer paso y, gracias a ello, se abrirían otras puertas. Pero la cuestión se enturbió con ese desdichado DVD de Semana Santa de ese tal Claudio y, sinceramente, ante aquello me sentí manipulado.

No me importa si hubo o no una cortina de humo en el asunto. Pero lo que sí es cierto es que me sentí impotente, ya que había volcado muchas ilusiones en el proyecto que teníamos en manos. Al final, se echó todo a perder.

Entonces, decidí que La Monarquía (periódico de incalculable valor histórico y que usted no quiso compartir durante décadas) debería ver la luz de cualquier modo. Por eso dejé una copia en el Palacio de Beniel. Creo que lo hice por justicia y porque sabía que sería imposible que pudiese llegar al público, si no por esta vía.

No tengo potestad para cambiar las cosas. Soy un humilde "peón" de la vida. Sin embargo, piedra a piedra algún día los sueños llegarán a convertirse en Edificio. Pese a que las personas, como por ejemplo usted, no dan un paso adelante decididamente para cambiar las cosas.

Mi más sincero saludo para usted. Gracias por haber compartido conmigo su exquisito Archivo. Nada de lo que hice fue malintencionado. Tampoco presumo de guardar en mis aposentos ningún “tesoro documental”. Todo lo contrario. Si por mí fuera, todo lo que usted guarda lo compartiría con los ojos cerrados. No soy como aquellas sanguijuelas que se hacen pasar por cronistas veleños y que tienen en sus aposentos fascinantes maravillas bajo llave.
Lamento que haya llegado a mis oídos los insultos que me profirió en público. No se preocupe, no estoy molesto; es de derecho expresar disconformidad por cualquier cosa que le disguste.

Espero que algún día volvamos a caminar por la misma senda.

Un humilde siervo de la cultura.

27 de septiembre 2007

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