jueves, 1 de julio de 2010

Un artículo que a más de uno sacará de quicio. Fdo. el Cátaro de la calle la Silla


Permítanme que sea sincero, una de tantas veces.

Yo nací en Vélez, por lo tanto soy veleño. Pero soy un veleño, en cierto modo, especial. No me refiero a ser un iluminado o a estar tocado por la mano divina de la providencia. Tampoco pertenezco a esa élite de pseudos intelectuales, tan abundantes por mi tierra. Soy una persona lógicamente distinta, con un conocimiento heterogéneo y con una opinión bastante radical del resto de los parroquianos. En tal caso, soy, cismáticamente, un hereje. No se si será porque mi naturaleza ha sido instruida, al igual que aquellas mentes ilustradas de la Francia del siglo XVIII, en el pensamiento crítico. Lo cierto es que, para mí, la búsqueda de las verdades terrenales sólo se puede realizar si nos quitamos los velos y, mediante la experiencia y el razonamiento lógico, hallaremos una respuesta sincera ante los avatares de lo cotidiano.

Existen ciertos roles de comportamiento en nuestra querida y cristiana Vélez-Málaga que me provocan la risa o, al mismo tiempo, el desánimo: Aún venimos arrastrando una lacra particularmente arrogante, propia de un pueblo arcaico que se guía más por dádivas o mercedes que por el espíritu de las personas. Dependiendo de los honores que hayan conseguido en vida, podrían o no podrían entrar en el podium de los Magnos Ilustres Veleños; todo un mérito muy perseguido por esta, gran mayoría, fauna local.

No obstante, mencionados honores se pueden conseguir de diversas formas. Existen un montón de métodos para hallar tan preciado título honorífico. Y esto, en su conjunto, es el origen de este artículo.

Lo primero, la más importante catapulta que los impulsa a la gloria, es la política. Hay quien sueña ambiciosamente con tener un cuadro pintado, tan grande como el que tuvo el celebérrimo Conde Duque de Olivares en la Corte de Madrid, de esos que se encuentran colgados en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Vélez-Málaga. Quitando el hecho de que muchos (por no decir todos) se meten en política para aumentar su patrimonio, conseguir una renta de jubilación o ganar una verdadera fortuna a base de mangonear, el nombramiento de alcalde, por no decir el de concejal, supone un incentivo para entrar en los anales de la historia, ¿cómo no?, y elevar el estatus por las nubes.

En el segundo escalafón se encuentra el mundillo de las cofradías, instituciones que en estos Lares manejan el cotarro. La Semana Santa siempre ha sido una tradición, que desde los años 50, viene uniendo a los desunidos cristianos mediante la devoción a las imágenes sagradas, cuya finalidad perentoria es pasearlas por las calles durante una eterna semana. Sí. Eterna, porque la Semana Santa no dura siete días sino un año, o sea, 365 días de incesantes eventos, celebraciones y conmemoraciones. Así pues, el cursus honorum de los hermanos cofrades se basa en darse palmaditas unos a otros en la espalda haciendo exaltación de fe con pregones, misas y memoriales alusivos a ellos mismos. ¡Claro está! a los sumo, el que se lleva los mayores méritos suele ser, o bien el alcalde, si pertenece a una cofradía en particular (por sus concesiones de capital público), o bien el adinerado ciudadano que con sus cuantiosas donaciones económicas (dinero negro a veces) piensa ganarse un ticket de vuelo directamente al Cielo.

En tercer lugar, hallamos a los artistas e intelectuales veleños. Dadas las circunstancias, artistas pueden llegar a ser todos aquellos que sean capaces de pintar, esculpir o escribir, pero con la condición de tener el reconocimiento del público. Es lógico, ¿no? Sin embargo, para formar parte de este clan el fervor por su tierra tiene que ser infinito. Esto quiere decir que en sus vidas sólo existe una sola palabra: Vélez. Se les infla la boca de pronunciar este topónimo una y otra vez hasta adquirir la forma de la mayor grandeza jamás creada. Esto les permite salir continuamente en los medios de comunicación; incluso con este gesto consiguen llenar de estatuas las rotondas y parques, incluso pintar de frescos las capillas de los templos veleñas: supuestas donaciones gratuita al pueblo – por parte de los artistas - que cuestan millones de las antiguas pesetas.

Para colmo, si observamos la estampa, hay un pequeño detalle que se nos escapa. Tratando de analizar la competitividad que todo esto genera entre los ilustres (o fracasados ilustres), existe un sentimiento horrendo, superficial, que aflora a raudales en la conciencia veleña. Hablo de la envidia. No hay quien lo comprenda, pero la envidia los devora como lobos hambrientos.

¡Qué triste panorama el de mi complicada Vélez!... Tengo una papeleta premiada para el destierro.


Fdo. el cátaro de la calle la Silla

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