martes, 7 de septiembre de 2010

Crónicas de unas vacaciones


Cuando viajas, hay algo que siempre te acompaña. Es una especie de luz tenue e íntima que brilla con mayor fuerza, si te encuentras en un entorno distinto, ajeno, desconocido. Por eso, en este viaje me llevé conmigo un haz de luz de Andalucía. La Andalucía de verdes olivos y blancos jazmines; la de escarpados montes y chiquitos riachuelos; la de tierra seca y fulgurante sol. La de la brisa marina que endulza nuestras noches calurosas de agosto, esa, esa me llevé en el maletero del coche.


Con cada lugar visitado aprendes una cosa nueva. Aprendí de la otra luz, la que llevan los autóctonos de las patrias chicas. He probado el néctar de raíces lejanas confeccionado con el cariño propio de aquéllos que aman su tierra. Por lo tanto, aprendí a diferenciar entre la grandeza del norte y la sencillez del sur.


Dicen que el clima y el hábitat condicionan las mentalidades. Mientras más sol, la gente tiende a ser más alegre, dicharachera, digamos que divertida. Es normal. En el sur pasamos el resto del año conviviendo en la calle porque sencillamente tenemos muy buen clima. Es aquí donde cohabitamos, nos relacionamos y disfrutamos. Otros sitios, sobre todo en el norte, tienen un clima más hostil de lluvia y frío. Comprendo que esta situación supedite a las personas a ser un poco distintas. Yo no podría sobrevivir a un largo invierno en donde apenas sale el sol.


Me fui un 3 de agosto, yo y mi coche, con pensamiento de llegar a Bélgica. No fue así, pero he conocido buena parte de nuestro litoral mediterráneo y un tramo de la costa atlántica francesa.


En el primer día de viaje visité Cabo de Gata (Almería). Es curioso que, estando tan cerca de Málaga, a unas dos horas, nunca me haya interesado por este lugar tan fascinante. Cabo de Gata es un parque natural de paisajes desérticos y playas paradisíacas. Al fijarme bien en el paisaje, me resultó familiar, porque me di cuenta de que habían servido de escenario para muchas películas de mi niñez. Allí se grabaron Conan el Bárbaro, Indiana Jones y la última cruzada y un sinfín de spaghetti western de renombre apreciable (el bueno, el feo y el malo; por un puñado de dólares; la muerte tenía un precio, etc.)


Las playas discurren entre abruptas calas llenas de arrecifes naturales idóneas para la práctica del buceo deportivo. Se podría decir que parece un auténtico paraíso donde cualquiera está invitado a desconectar del insufrible día a día sumergiéndote en esta belleza salvaje de soledad consentida.


Pasé la noche en la playa de los Escullos. Allí había una Jaima en mitad de la playa que por la noche se convirtió en discoteca. Del ambiente y la música puedo decir que van acordes con la gente que suele frecuentarlo. Los turistas aquí, en mayor medida, suelen ser jóvenes, estudiantes, caravaneros y mochileros. Fue divertido. Conocí a mucha gente.


Al día siguiente, me di un baño en la playa del Playazo, cuya orilla estaba cubierta por algas verdes que la marea había arrastrado fuera. Esto le daba un aspecto aún más bello, en contraste con la fina arena blanca casi como la cal.


Poco después, seguí la ruta norte hacia Valencia. Pasé al lado de Benidorm y sin lugar a duda me produjo un gran impacto visual la cantidad de altos edificios, hoteles y pisos, semejante a rascacielos. Se alzaban hacia el cielo rompiendo radicalmente con la monotonía de los pueblos costeros del litoral. Supongo que yo no soy el único que piensa que aquel paisaje urbano supone una aberración, por no decir una arrogancia exagerada como consecuencia del boom inmobiliario turístico.


Continué y llegué al Cabo de San Antonio. Pernocté en el camping de Jávea: una tienda, un coche y una persona costó el no-tan-módico precio de 20 euros. Seguramente si no hubiera metido el coche habría salido mucho más barato. Estaba muy cansado, pues la noche anterior apenas había pegado ojo. El camping estaba completamente lleno. Me dije que eran muchos los viajeros españoles que hacen este tipo de actividades vacacionales. Se llevan la casa a cuestas y se quedan un par de semanas en algún camping cerca del mar. Había tanta gente y tanto ruido que pensé que no podría dormir bien. Pero una vez el reloj marcó las doce de la noche, se produjo un silencio absoluto. Los niños y los murmullos de los adultos callaron completamente. Los campistas son conscientes de que tienen que respetar el sueño de los demás.


Cuando amaneció, desayuné café con galletas y guardé la tienda de campaña. Me di una vuelta en bici por el paseo marítimo de Jávea hasta el puerto. Como es normal en estas fechas, las cafeterías estaban repletas de turistas. En el puerto muchos de ellos se preparaban para realizar actividades de buceo o viajes en barco. Supongo que no debe ser muy barato hacerlo.


Después, hice un poco de senderismo a través de los escarpados acantilados. Existían varias rutas entre los bosquecillos de pinos que conducían a hermosas playas encajonadas por calitas de un blanco caliza deslumbrante. Luego, estuve en una playa naturista llamada el Ambolo que, en realidad, pocos eran los que lo hacía pese a que estaba denominado como tal. La arena de las playas de esta zona supone un problema, pues apenas hay y, por el contrario, las orillas están formadas por gruesas piedras que pueden llegar a ser muy incómodas para la espalda si no usas un colchón o esterilla.


De aquí seguí hacia el norte. Por la tarde llegué a Barcelona. Barna la llaman en diminutivo y de Barna me enamoré desde el principio. Verdaderamente tuve mucha suerte en conocer a Raquel poco antes de esta epopeya, ya que esta chica, catalana de nacimiento, me ayudó haciendo de guía. Admito que sin ella me hubiese sido imposible conocer ni al menos un 5% de lo que vi. Hospitalaria, extremadamente amable, Raquel me llevo en motocicleta a todos los rincones preferentes de la ciudad. Sí, en moto, porque Barna es la ciudad con más motos de toda Europa. Gracias a esto, me sentí como un privilegiado, aspecto éste que pienso devolvérselo cuando pise tierras malagueñas (no lo dudes).


Estuve en el Hospital de San Pau, el parque Güell, la Sagrada Familia, las Pedreras, la Rambla, el Barrio Gótico, el Barrio de Gracia, la playa de San Sebastián y la Barceloneta, etc. En todos estos puntos está muy presente la huella de Gaudí, artista modernista universal.


Pero no solo vi monumentos. Raquel me enseñó lo típico de Barcelona. Hablo de la gastronomía y de las placitas con sus garitos donde puedes tomarte una refrescante cerveza mientras picas algo. Me mostró los platos catalanes por excelencia como el Mató con mermelada para desayunar, las llescas con escalivada para almorzar o cenar, la cerveza de litro Xibeca que, según cuentan, fue la primera marca que empleó el formato litrona para comercializar esta bebida alcohólica. O el tercio Moritz, cuya agua carbonatada empleada para la fermentación proviene de las sierras de Zaragoza y le da un sabor muy especial. Casi siempre los platos van acompañados por una cestita de pan con tumaka, aceite y tomate restregado, de ahí que aquí en el sur tengamos un bocadillo para desayunar con el nombre de catalana.


Otra especialidad de Barna es la música callejera. Esta ciudad está llena de oportunidades para los músicos así que no es de extrañar que casi en cada esquina te topes con una banda tocando en plena calle. Vi grupos muy muy buenos que tocaban un montón de estilos, desde el reggae al rap pasando por música clásica. Y, ¿cómo no?, los espectadores eran abundantísimos.


Desde los comienzos, Raquel y yo conectamos casi al instante. Tenemos un sentimiento muy bueno el uno para el otro. Raquel es especial y esto es lo que más me atrae. Vive sola, chica de ciudad independiente, vegetariana, entusiasta de los pequeños placeres que nos brinda la vida. El mes que viene se marcha durante un año a Perú para trabajar en una ONG, ya que, al ser educadora social, ha decidido ejercer su oficio en un país tan pobre como éste. Espero que no perdamos el contacto y sigamos avivando la llama de la amistad.


La segunda noche Raquel y yo quedamos con Marta, una amiga de Frigiliana, enfermera de profesión que hacía poco que se trasladó aquí para trabajar. Nos divertimos mucho y fueron muchas las carcajadas. (Te mando un abrazo desde aquí Marta para que te animes).


Después de dos días en Barna, partí a Francia. Visité Gerona, preciosa ciudad medieval, y la Costa Brava: Cadaques, Portlligat, el pueblecito pesquero donde Dalí pasaba los veranos tranquilamente rodeado de exuberantes calas y acantilados.


Por cierto que desde Alicante venía buscando un bote de pegamento superglue 3 para reparar la antena del coche que, después de un aparatoso incidente en donde, al aparcar en el parking de un Mercadona, arranqué la baca del coche y la bicicleta que llevaba encima, quedó destrozada. En ninguna tienda o gasolinera pude hallar el preciado producto hasta que lo compré en un bazar chino de Gerona. Es curioso cómo los bazares chinos te pueden solucionar un problema en cualquier parte del mundo.


Cruce la frontera por la carretera de la costa, atravesé Perignan, primera ciudad francesa después de Figueras, y ya el paisaje cambió. Algo había notado desde que llegué a la provincia de Cataluña. Concretamente, cuando crucé el río Ebro, los montes comenzaron a tornarse más verde. Lo curioso del sur de Francia es que se trata de una región muy fértil y llana, rodeado de extensos bosques y, de trecho en trecho, un claro en cuya superficie se alzaba una espaciosa plantación de girasoles, viñas u hortalizas. Todo parecía encontrarse en un perfecto orden natural y es que la agricultura francesa está muy modernizada, lo que le hace tener mayores excedentes productivos.


Por la noche llegué a Carcassone, una ciudad de fábula sacado de un cuento de princesas y castillos encantados. La ciudadela podía ser visitada sin pagar, no así el castillo central. La belleza de Francia se paga cara. El nivel de vida es mucho más alto que en Andalucía. Un menú valía 30 euros sin contar la bebida. Digamos que una cerveza en vaso de caña podía costarte unos 6 euros. Aunque no privé de probar el vino de Burdeos. Tiene una textura muy suave y es excelente para acompañarlo en la mesa.


Al día siguiente, pasé por Toulouse. Pisé el Parque de las Flores y un baratillo de antigüedades. Continué hacia Burdeos, cuyo centro histórica es una auténtica belleza. Burdeos es un puerto fluvial lleno de monumentos imperialistas que asombrarían al más indiferente de los viajeros.


Luego, me fui a Arcachon, en la costa Atlántica. Tenía pensado dirigirme a la Duna de Pylat, la más alta de Europa, si no recuerdo más mide unos 300 metros de altura. Sin palabras. La Duna está rodeada en sus tres cuartas partes por un denso bosque, el bosque de las Landas, y al norte chocaba contra el furioso Atlántico. Aquellos parajes me recordaban a una isla tropical, solo que se encontraba en pleno hemisferio norte. La duna estaba formada por arena blanca y la gente disfrutaba bajando la ladera de la misma a toda velocidad. Yo lo hice también y sentí como si levitara durante varios segundos.


Arcachon y La Teste-de-Buch están plagados de campings, urbanizaciones de gente onerosa y carriles de bici, todo en mitad del frondoso bosque.


Continué el viaje y, al anochecer, pernocté en la Rochelle, otro puerto del Atlántico de gran valor patrimonial. En este lugar probé el Cognac auténtico (Cognac es una ciudad francesa de donde vive esta bebida) y conocí a un grupo de francesas las cuales me llevaron de marcha por allí. Estuvimos en una coctelería y, más tarde, frecuentamos un Pub y una discoteca. En el primer sito pagué por una caña de cerveza 6 euros, momento en el que me sentí con un puñal en la barriga por tal clavada. En el segundo sitio tuvimos que pagar 10 euros por cabeza más una consumición. No está mal para ser Francia. En Andalucía se paga más o menos lo mismo. Lo interesante de la discoteca, que más bien parecía un prostíbulo con pista de baile, yacía en las performances que organizaron. Dos chicas y un chico, los tres sacados de una película porno, bailaban casi desnudos sobre un escenario. Luego, pusieron en el mismo escenario una piscina y la llenaron de chocolate. Los tres artistas del erotismo se introdujeron en el interior y simularon una guerra de barro. Cada minuto que pasaba, me cuestionaba qué diablos estaba haciendo yo allí. Además, la discoteca era frecuentada por personajes variopintos con pintas de chulos verbeneros, catetos de pueblos y negrazas vigoréxicos. Entre espectáculo y espectáculo, las chicas calentaban al personal de la barra, incitándoles a beber con poses lascivas. Claro, yo ni por asomo iba a consumir pues la clavada sería aún más excaliburiana. Por eso no me prestaron la más mínima atención, sin contar con que iba acompañada por cuatro chicas. Poco después de la batalla de chocolate líquido, me fui a dormir. Como me encontraba en una ciudad, no tenía ni tiempo ni ganas de salir a las afueras y buscar un bosque para dormir. Así que acondicioné el interior del coche y lo convertí en cama.


Al día siguiente, el desánimo pudo conmigo. Me dirigía a Nantes e hice una parada en una de tantas áreas de servicio aptos para conductores. Mientras me hacía de comer patatas fritas con huevo, decidí que mi viaje a Francia había acabado aquí. Es un rollo conducir tantos kilómetros sólo. Si a esto le sumo, que apenas dormía por las noche, una mezcla de cansancio y bajón moral pudieron conmigo. La próxima vez, me lo tomaré con mucha más calma, sí. Pretendía cumplir con la ruta que previamente había trazado, solo que no recapacité en la cantidad de kilómetros que tenía que recorrer si quería hacerlo tal y como pensaba.

Regresé a Barcelona, al piso de mi amiga Raquel Écija. Pasé 3 fenomenales días más. Y entonces, regresé a Málaga.


Durante el camino, dormía en las paradas o áreas de descanso utilizando mi tienda II Second Quechua y me hacía yo mismo de cocinar con mi infiernillo del Decathlon. Aprendí a autoabastecerme y a superar ciertos obstáculos (aunque no quiero recordar lo de la baca y la bici). He recorrido en coche más 4 kilómetros. He conocido gente maravillosa, en especial Raquel, y he visto atardeceres de película en paisajes de película.


En fin. Fue una gran experiencia. Para navidades, las próximas vacaciones.




La Rochella, ciudad portuaria en la frontera con la Bretaña francesa.


Con paisano Pablo Ruiz Picasso y yo. Barcelona


Playa de Pylat, en las faldas de la duna más alta de Europa. Arcachon (Las landas - Francia)


Casa Okupa. Junto a la Rambla de Barcelona


Parque de las Flores. Toulouse (Sur de Francia)


Ciudad medieval de Carcassone (Sur de Francia). Parecía el escenario de una película de fantasía


En el último cabo español, justo antes de la frontera con Francia.


La famosa Rambla de Barcelona. Petada de turistas


Cerveza Xibeca. Dicen los barceloneses que fue la primera marca en lanzar al mercado el formato litro...mmmmmm.. que rica estaba


¡¡¡Cena en Jávea!!!


Cabo de Gata. Increibles vistas

4 comentarios:

  1. Querido Chesco: me alegra saber de ti aunque te envidio en grado superlativo: Un fuerte abrazo Jose Aurelio

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  2. Bienvenido de nuevo Super Chaplin, me siento muy cercana con el relato de hoy, vivo en el mismo Gerona y soy Veléña, me alegro que hayas disfrutado de la Costa Brava de donde tengo tantos recuerdos. En Vélez también me dejo unos pocos, pero gracias a algunos blogs como este me permite poder estar cerca de todos vosotros.
    Seguiré pendiente de lo que escribas, me parece bastante interesante.

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  3. hola, ¡qué bueno que estés en Gerona! ¡qué sitio más preziozo!. ¿Cómo es que has acabado allí? ¿Trabajo? oleee. te felicito por tu hermoso habitat presente. Si lo deseas, y te gusta escribir, mándame algo para que lo publique por aquí. Mi email está en la página principal

    saludos

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  4. Chesko!! Interesantes vacaciones las que pregonas!! Muy acertada la elección del coche como medio de transporte, te da cientos de posibilidades, me resulta casi imprescindible. Viajar solo es una de mis tareas pendientes, pero quizás, en ese caso no lo haría en coche, precisamente por el cansancio. Una gran aventura, amigo...

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