viernes, 22 de octubre de 2010

el Papabuelo



Todas las urbes, por muy humildes que sean, crían entre sus muros a personajes inconfundiblemente particulares como los actores de una novela de suspense, que nunca se sabe de dónde fueron sacados y cómo llegaron a entrelazarse en la trama. Hablo de individuos atípicos que se destacan del resto de ciudadanos por sus características, digamos, no-terrícolas. Marginados, artistas bohemios, deficientes psíquicos, señoritos de media tinta pasados de moda o parroquianos alcohólicos de bares de barrio. Mi ciudad, Vélez-Málaga, cobija a muchos de estos esperpentos humanos, aunque detrás de sus extrañas máscaras siempre hay una historia real, de la vida real, semejante a aquellos actores de la trama folletinesca que antes he mencionado.

Y entre todas las reales eminencias callejeras me viene a la mente uno en particular. Éste, villero de nacimiento, se hacía llamar el “Papabuelo” y vivía junto a la iglesia de Santamaría en una diminuta casa con una sola habitación. Era de raza calé, gitano, en otras palabras, y se paseaba por las laberínticas calles de la Villa con un cesto de mimbre pegando de puerta en puerta, vendiendo higos, chumbos, caracoles, espárragos.

Tenía problemas con el alcohol y cuando bajaba a la plaza, se bebía unos cuantos lingotazos de vino, provocándole tal estado de embriaguez que le daba por predicar raras frases: -¡Que vienen los aviones tirando bombas! –, y salía corriendo zigzagueando de un lado a otro. - ¡Por ahí vienen los rusos! ¡Viva la República! –, solía decir agarrado a la farola de la plaza Roja, tambaleándose como una hoja a merced del viento.

Se decía que el Papabuelo había recibido tantas palizas como borracheras en su vida. La mayor manta de palos sufrida se la dio la benemérita en los tiempos de Franco, porque los gitanos eran muy castigados por entonces; fue tal las galletas que le soltaron que perdió la dentición de la encía superior.

Para los chiquillos el Papabuelo era una burda mofa, un desquiciado esquizofrénico que le daba por decir verborreas mentales. No sabéis cuánto se reían a su costa. Sin embargo, ahora, con la distancia de los años, afirmo que el Papabuelo no estaba loco y que todo lo que había pregonado durante sus moñas era verdad. Los rusos sí que estuvieron en Vélez-Málaga; los aviones sí que bombardearon a las afueras de la ciudad; la República sí que había existido como régimen político. todo esto era real. Por eso, el Papabuelo representaba a ese personaje que aún se amparaba en el pasado, un pasado turbulento y despiadado que le había robado el alma, el corazón y las ganas de estar sobrio…

En memoria del Papabuelo

1 comentario:

  1. Interesante reflexión sobre esos personajes que, como bien dices, parecen sacados de la ficción pero que son reales, tan impresionantemente reales como la vida misma. Criticados y tachados de locos quizás sean los que ven verdaderamente ven molinos y no se sienten gigantes. Alguno recuerdo de mi pueblo y también de mi ciudad.

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