martes, 8 de febrero de 2011

Desnaturalización


No hace mucho emitieron un documental muy interesante en la 2 que me hizo en qué pensar. Trataba de ciertos problemas que actualmente persisten en nuestra sociedad y seguirán estando ahí hasta que no tratemos el tema desde una perspectiva global. Se trata del empleo de fármacos en el deporte, en la estética personal o incluso en la propia persona como herramienta para mejorar nuestros complejos y supuestos defectos. Por otro lado, se habla ya de “manipulación genética” en el proceso de procreación, caso éste muy en boga en la alta sociedad norteamericana.

En primer lugar, tendríamos que pararnos en un punto básico para comprender el conjunto: la fuerte competitividad en nuestra sociedad. El sistema nos impone la siguiente premisa: cuando hay competitividad, hay mayor rendimiento, mayor productividad, y un aumento del capital. A lo que habría que preguntarnos, por consiguiente, ¿es realmente bueno esto? En cierto modo, el sistema nos empuja cada vez más a estar atrapados en el tiempo, un tiempo que se mide en horas de trabajo, en responsabilidades impuestas casi a la fuerza, en dormir poco y ser productivo. A su vez, vivimos de forma acelerada, en continuo estrés, y poco a poco nos desarraigamos del orden natural. En Japón, un ciudadano de Tokio duerme una media de 3 a 4 horas diarias, cuando lo lógico y normal sería dormir de 7 a 8 horas, porque sencillamente el cuerpo lo necesita. En Escandinavia ocurre ídem de lo mismo. Como consecuencia, se producen suicidios casi a diario. En el caso de los países nórdicos, los críticos lo achacan al clima y a los ciclos de luz diurna, ya que en las fechas próximas al solsticio de verano el sol brilla las 24 horas del día, y ocurre lo contrario en invierno. Para superar esto, la gente se aferra a medicamentos o drogas sintéticas. Aunque éste haya sido sólo un ejemplo más, observemos el ritmo de vida en las grandes ciudades, donde apenas hay tiempo para nada entre atascos de tráfico, colas en los supermercados y dilatados horarios laborales.

En el mundo del deporte, cuando nosotros aplaudimos una marca olímpica o elogiamos un resultado record, ¿qué es lo que realmente aclaman? ¿Un hecho más o menos heroico? ¿Las hazañas deportivas de un país o de una persona? Día tras día nos llegan noticias de deportistas que no han superado las pruebas de antidoping o, como lo sucedido en el caso Marta Domínguez, con el descubrimiento de una red de venta de drogas y anabolizantes relacionados con el deporte y el culturismo. En todos estos casos hay un fin que justifica la causa: el aumento del rendimiento, ya sea en el trabajo, en el deporte o en la misma vida cotidiana. El aumento del rendimiento que es igual a la búsqueda de la perfección. Sí, porque cuando se supera un record olímpico se consigue dar un paso más hacia delante, pero el ser humano tiene un límite natural, y unos topes, por mucho que un deportista se entrene para superar la marca, tiene un límite. Pero se descubrió hace tiempo que si se usan fármacos especiales, no solo se puede alcanzar esas marcas, sino superarlas con creces. Desde entonces, la lista de deportistas que se dopan es interminable.

Igual ocurre en el trabajo. Llegará el día que tengamos que usar drogas, como ya lo hacen muchos, para responder al nivel de competitividad que nos exigen. Nuestro sistema funciona a partir de leyes estrictas. Pero por encima de las leyes están los valores. Y aquí, en este punto, la televisión y los medios de comunicación son las armas más mortíferas para hacernos creer que pensar es malo. Ya se está viendo en la juventud de nuestro país, incapaz de tener una opinión crítica de lo que ocurre a su alrededor, carente de valores de todo tipo.

Como ejemplo del proceso de desnaturalización que estamos viviendo, hablamos del canon de belleza que nos inculcan los medios de comunicación, sobre todo bajo influencia extranjera. En la sociedad norteamericana, sobre todo en la clase media-alta, se está comprobando que los padres regalan a sus hijas, para celebrar su 16 cumpleaños, un pase para una consulta de cirugía estética, en cuyo lugar les operan las tetas, la cara o depilan con láser las axilas y las piernas. En la televisión aparecen medidas, figuras, incluso órdenes que meten en la conciencia de los televidentes, los cuales tienden a imitarlos, sin pensar en que se convierten en borregos de la manada, en marionetas del sistema. Y si no se tiene dinero para la cirujía estética, se recurre a las dietas flash de adelgazamiento mediante el atiborramiento de dietilpropión, benzfetamina, fendimetrazina, fentermina, mazindol, sibutramina o orlistat. Resultado: una anoréxica o bulímica crónica en la familia.

En el campo de la biotecnología, ya se están haciendo listas de futuros padres que desean manipular genéticamente a sus hijos, ponerles ojos azules o verdes, elegir el color del pelo, la estatura, etc. ¡Soberbio! Si en el caso de que el niño naciera enfermo o con problemas físicos, en tal caso estaría justificada la manipulación genética, pero querer que tu hijo tenga tal o cual atributo como si de un artículo comercial se tratara es ir en contra de la naturaleza, porque al hacerlo, estamos rechazando lo que por norma natural nos viene y como seres humanos tenemos la obligación de tener, criar y cuidar, venga como nos venga.

Las consecuencias de todo este embrollo son atroces y ya se están viendo algunos de sus efectos. Millones de niñas y niños acomplejados con su cuerpo, al borde de la anorexia; obsesionados con el cuerpo, con la llamada “línea”, esclavos de las pastillas, del votox, de los antidepresivos si no consiguen adelgazar; jóvenes obsesionados con el culto al cuerpo, inflados con anabolizantes de los pies a la cabeza, fingiendo tener un físico que no tienen; adolescentes que toman drogas para ocultar sus complejos y sacar su lado sociable en las noches de fiesta. Mujeres cincuentonas con el complejo de Peter Pan, cuyo cuerpo y rostro son artificiales, de plástico, deshaciéndose lentamente. Personas mayores adictas a fármacos por supuestas enfermedades que en realidad no sufren, originadas por el miedo, por la hipocondría.

Bienvenido a Babilonia.

1 comentario:

  1. ¡Qué razón tienes!
    La sociedad cada día va a peor, no sé hasta que punto vamos a llegar; es desconcertante.

    Un saludo.

    ResponderEliminar