jueves, 3 de febrero de 2011

Los cronistas de mi pueblo


Me pierde la sapiencia de los cronistas de mi pueblo. Los escucho hablar en televisión y se me saltan las lágrimas. Su sabiduría es tan incuestionable que conocen los nombres de todos los ilustres, de todas las batallas, de cada uno de los hechos notables que acontecieron en nuestra localidad desde los parámetros temporales más remotos hasta los momentos menos distantes. Gracias a ellos se han conservado datos históricos que, sin duda, se hubieran perdido para siempre en las arenas del tiempo. A ellos les debemos la conservación de archivos imprescindibles para la investigación de nuestra Historia, porque no se qué filósofo adicto a los psicotrópicos dijo una vez que el que no aprende de ella está condenado a repetirla, mira tú por dónde la importancia que tiene el asunto.

Los cronistas rezuman tanta erudición que llegan a contagiarnos con sus exaltaciones patrias como si nos hicieran entender que el pueblo es el centro del universo; orgullo, virtud, divinidad de sus naturales, donde han residido poderosos reyes, ilustres caballeros, gloriosos artistas y filósofos. Y no puede ser menos. Son lógicas tales alabanzas puesto que pasan horas y horas, día tras día, transcribiendo documentos antiguos, tratando con anticuarios o buscando en las fuentes un nombre, una simple expresión, que haga referencia a la ciudad que los vio nacer. Entonces, hallado el tesoro, gritan ¡Eureka! Acaban de encontrar una información valiosa que podría ser empleada en futuras publicaciones.

Ustedes se preguntarán de dónde sacan tiempo estos virtuosos ratones de biblioteca. Yo les contestaré brevemente. La mayoría de ellos ejerce un puesto en la docencia, en la administración o fueron supuestos archiveros con titulaciones académicas inventadas – perdonados quedan –. Como comprenderán, tener un trabajo así exige un horario muy dilatado, así que el tiempo que suelen gastar en investigar no sobrepasa algún que otro fin de semana o día festivo. Además, tendríamos que sumar las responsabilidades familiares porque todos, o casi todos, tienen una familia que cuidar. De este modo sus producciones bibliográficas se resumen en artículos en revistas muy especializadas, capítulos folletinescos de periódicos autóctonos o libretos de bolsillo para viajes en autobús. No podemos olvidar el hecho de que existen doctos a los que se les concedieron un despacho, por la gracia divina de un señor ex alcalde, en el Archivo Municipal y se dedican exclusivamente a la investigación; claro, remunerado y con fines personalistas. ¡Ojo! Y sin titulación. ¡Qué más da mientras contribuyan al patrimonio universal!

No obstante, llegó el gran día de la Jubilación, o sea, el paraíso, la gloria, el nirvana de los cronistas. Una vez que se han jubilado, ahora tienen todo el tiempo del mundo para castigar sus neuronas removiendo papeles viejos sin que ninguna otra responsabilidad les nuble los sentidos. Al fin pueden escribir una obra póstuma, culmen de una larga trayectoria, y, como punto final, pisar el podium de los ilustres donde se les recordará hasta la eternidad. Estas obras, que concluyen en un santiamén como por arte de mágica, suelen ser anunciadas las veinticuatro horas del día en la televisión comunitaria, machacándonos con spots publicitarios e instándonos a ir de compras, a la librería Capuchinos, y hacernos con un ejemplar de “la pequeña histérica” o “la batalla del pollo presuntuoso”. Eso sin contar con las importantes intervenciones en celebérrimos programas de sobremesa. Me lo paso pipa escuchando las disertaciones a cerca de los libros que escribieron y escribirán, de sus magnánimas aspiraciones, de su extraordinaria sapiencia A este ritmo seguro que muy pronto las autoridades políticas no tendrán inconveniente en ponerle a una calle el nombre de un cronista o, lo que es lo mismo, otorgarle una medalla de oro al mérito. ¿Por qué no? Los hay que ya la lucen orgullosos en los pasillos del hogar.

Viniendo a colación, les contaré una pequeña historia que, quizá, de la vuelta a la tortilla. Por supuesto que lo hago sin ofender, con el debido respeto, desechando cualquier supuesta concupiscencia, Dios me salve.

Érase una vez un párvulo de unos doce años que acababa de salir de la clase de Historia con la cabeza llena de excavaciones arqueológicas, culturas antiguas y viajes de ultramar, a quien le habían metido en el cerebro a nuestros amigos los Fenicios. Ante tanto comedero de tarro le surgieron numeras dudas existenciales. Si quería solucionar ese tormento mental, le recomendaron visitar el Palacio de Beniel porque, según le contaron, allí existía la obra de un alemán, un tal Hermanfrid Schubart, el cual había realizado un montón de intervenciones arqueológicas en Toscanos y alrededores a finales de los años 70, sacando a la luz, nunca mejor dicho, los restos de los primeros colonizadores, marineros y comerciantes, que vinieron navegando de la lejana Finiki y se instalaron en la costa peninsular. ¡Oh! ¡Qué maravilla! De esta forma conseguiría despejar la incertidumbre de una vez por todas. Así que, sin pensármelo dos veces, se marchó hacia allá aquella misma tarde.

Nunca antes había estado en el Palacio de Beniel. Para sus ojos de párvulo aquel lugar se le antojaba el castillo embrujado de los cuentos de hadas. La enorme puerta de la entrada, ya de por sí, le inspiraba miedo. Eso sin contar con las paredes frías y desconchadas, la columnata del patio y la marmórea escalera, con el viejo artesonado a punto de caerse lleno de nidos de golondrinas, que comunicaba con la segunda planta, los cuales reverberaban misticismo por los guiños de la luz crepuscular. El interior del edificio estaba en completa calma, no se oía ni el vuelo de una mosca. Subió arriba y se guió por el susurrante sonido de voces en la distancia, que lo llevaron delante de una puerta entornada. Dio unos golpecitos, asomó la cabeza. ¿Se puede? Al parecer, interrumpió una relevante plática entre tres personas, dos hombres y una mujer, porque se le quedaron mirando muy serios. ¿Qué quieres?, preguntó uno de ellos. El chaval carecía de elocuencia, más bien siempre había sido parco en palabras. Aunque se esforzaba por hablar correctamente, la mente siempre iba más rápido que la boca y solía cometer multitud de fallos. Sin embargo, en aquella ocasión fue lo suficientemente explícito como para que le entendieran. Quiero saber sobre los fenicios, contestó. No llegó a comprender las estridentes carcajadas que soltaron aquellos tres, en aspecto, adalides de la cultura. No pararon de reírse a su costa hasta que transcurrió más de un minuto. Él pensó que les había hecho gracia que un chiquillo tan joven preguntara por los fenicios, o lo mismo fue por su cara de empanado. Nunca lo supo. ¿No eres muy pequeño para esto?, le reprochó la mujer. Lo cierto es que tras varios titubeos, viendo que el chaval era inofensivo, le mostraron el libro de Schubart bajo petición suya; incluso se lo fotocopiaron ya que conocían a su padre, que era carpintero del Ayuntamiento, si no, posiblemente, le hubieran dado largas como a un vulgar niñato. En cierto modo tenía razón la señora. Nada más se puso a leer el libro no tenía ni diea, con tantos tecnicismos que brotaban por miles en la lectura, sumados a los dibujos de perfiles de cerámica que, en un principio, los comparó con monigotes insignificantes, perdonen su ignorancia.

Ese chico era yo. Después de irme, se me quedó un sabor agrio en el paladar. Yo había imaginado que la cultura suponía un bien común al que todo el mundo podía acceder sin tapujos, sin argucias, tal y como nos lo habían enseñado en la Escuela. Pero no estaba en lo cierto. Con el tiempo me di cuenta que la cultura en mi pueblo es el reflejo descarado de viejos prejuicios clasistas que milagrosamente hubieron sobrevivido a día de hoy. El que posee el conocimiento del pasado del pueblo, su historia más secreta, lo guarda como si de un bien propio se tratara y luchará contra otros, a capa y espada, por preservar la exclusividad del mismo, por publicarlo primero, por hacerlo suyo. Poder, ambición y vanidad. Las mismas historias de siempre.

Señoras y señores, e aquí mi primer contacto con esta raza de prohombres de élite que defienden con uñas y dientes la cultura de mi pueblo. A partir de entonces, con el paso de los años, fui conociéndolos, aprendí a tratarlos, compartí incluso ideas con ellos. Sí, no es broma. Me pasé dos años de mi vida expoliando religiosamente cada fin de semana yacimientos de toda la Axarquía (y parte de Granada) con un cronista que llevaba desde los años 60 almacenando toneladas y toneladas de hallazgos en sus aposentos. Trabajé en un proyecto en común con otro cronista que amontonaba en su casa, herencia familiar, cajas y cajas de restos arqueológicos, así como documentos históricos de incalculable valor que no se sabía cómo demonios llegaron a sus manos; creo que, si no me equivoco, incumpliendo la ley por allanamiento de morada. Compartí información con un magnate de la Historia local, un cronista de renombre acreditado, que me dio a cambio de un valioso tesoro documental unas cuantas fotocopias y varias fotos en blanco y negro. Siempre, si os paráis un momentillo, observaréis que hay una cierto rito entre ellos, un rol de comportamiento indudablemente predominante. Yo lo llamo “truco-trato de los gitanos”, como una vez escuché decir a uno de mis amigos cronistas. Esto quiere decir que sí existe intercambio de información entre ellos, por muy raro que parezca, pero nunca olvidan exigir algo a cambio, como un trueque; y en este punto tienden a trapichear convirtiéndose en expertos minoristas de zoco magrebí: esperan ganar, nunca perder en la transacción. De hecho, en una ocasión, un cronista me dio un periódico franquista de los años 40, que por cierto le sobraba porque lo tenía repetido, a cambio de toda mi colección de piezas expoliadas, el fruto de esos dos años de actividad, quizá a consecuencia de mi concicencia intranquila.

¿Qué le vamos hacer? Por sus venas corre sangre de coleccionistas, insaciables piratas y fariseos. Muchos de ellos incluso fundaron, hace ya bastante tiempo, una Sociedad, los llamados Compadres de la Cultura (afortunadamente los del presente no tienen nada que ver con la fundada en los años 80), los cuales se autodenominaron defensores del mísero patrimonio veleño. ¡Qué tremenda ironía! ¿Defensores de qué, si la mayor parte de éste se encontraba empaquetado en sus hogares?

No quiero extenderme más. No vale la pena gastar neuronas en las siguientes líneas, en esta repulsiva verborrea matutina. Pensaréis que me he levantado con el pie izquierdo, que tengo los pelos de punta o que escupo alambre de espino. Puede que sí, puede que no. Aunque me gusta decir las cosas claras cuando hay personas en nuestra tierra que tienen el morro de aprovecharse de los demás y, para colmo, se declaran los mejores, los únicos, los buenos, los salvadores; por un trocito de gloria. A la mierda el protagonismo y a la mierda la gloria. Si todos esos cronistas se juntaran y cogieran al toro por los cuernos, si se movilizaran realmente con el fin de donar sus fondos privados, si tuvieran la delicadeza de compartir con el resto de los mortales sus tesoros, que para muchos no dejan de ser meros objetos de estudio, no más, harían falta siete centros de documentación y siete museos. Pero, por supuesto, no les interesa.

Dicen por ahí que mi pueblo es tierra de artistas, pintores, filósofos y grandes hombres. Yo añadiría también: tierra de grandes coleccionistas .

2 comentarios:

  1. NO TODOS A LOS QUE LAUDES SOMOS ASÍ, TRABAJAMOS LA HISTORIA, EN MI CASO DEL FUTBOL VELEÑO A BASE DE HORAS, DE PASIÓN Y SACRIFICIO.
    EN FIN... EN ALGUNAS COSAS SI QUE LLEVAS RAZÓN, PERO HAY QUE SABER DECIR QUIEN LO HACE Y QUIENES NO, YA QUE NOS METES A TODOS EN EL MISMO SACO.

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  2. No se trata aquí de minimizar el trabajo de los cronistas o investigadores como usted. Sin duda los trabajo de todos son encomiables y lo hacen profesionalmente. El artículo habla de la persona que hay detrás, de la vanidad y la soberbia. Y no meto en el saco a todo el mundo, simplemente estoy tratando de lanzar una crítica demoledora a ciertos roles de ciertas personas. Si se ha sentido aludido, ha interpretado mal el texto.

    Salud

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