martes, 29 de marzo de 2011

timbre rojo

La primera noche que pasé en el hospital Comarcal jamás se me olvidará. A mi madre le acaba de dar el primero de una larga lista de anginas de pecho y mis hermanos y yo nos sentíamos tan afligidos que decidimos turnarnos para estar lo más cerca posible de ella, prestando guardia día y noche como fieles protectores de la Reina. Acaso hubiera un apelativo que describa tal hazaña, yo escogería la palabra “pesadilla”. Dormir en un hospital, al menos para los que nunca lo han hecho, puede llegar a ser la peor de las experiencias, aunque, si lo miramos desde la retrospectiva del tiempo, hay una parte instructivo en ello, lo suficiente para darnos cuenta de ciertas precariedades que tiene nuestro sistema de Salud Pública y que podrían resolverse si fuéramos consciente de nuestras obligaciones como ciudadanos.

Para empezar, las habitaciones de Medicina Interna del Comarcal son extremadamente pequeñas. Y si encima están ocupadas por dos camas, ya ni te digo. Existe una línea invisible que separa el espacio en dos, habitado por dos pacientes que tienen que convivir, relacionarse, a veces compartir, humanizarse en todo caso, las veinticuatro horas del día. Lógico afirmar que, desde un principio, ambos deben llevarse bien, sino la armonía entre los propietarios de tan reducido terreno puede verse afectada y acabaría influyendo en la moral de los enfermos, y tanto. Existe un único baño compartido, en cuyo interior se hallan los aperos de las evacuaciones fisiológicas (pilas, cuñas y botes de plástico), los cuales están marcados por un número: el 1 para el paciente de la cama A, el 2 para el paciente de la cama B. Muy pocos utilizan el baño para fines higiénicos, me refiero al simple hecho de ducharse o evacuar, vaya a ser que la solería se desencaje como así parecen desencajarse algunos retretes que no están afirmados sobre el suelo y se tambalean al colocar los reales traseros sobre la tasa del wc.

Otra cuestión es la comodidad. Los pacientes reposan sobre una cama hidráulica de posiciones múltiples, con un fácil mecanismo, tecnológicamente adaptada para las necesidades paliativas del enfermo. Son catres que consiguen un confort de elogio, de eso no cabe duda. Pero ¿y los familiares de los pacientes? Sencillo. Hay un sillón, una silla y un posa-pies por cada espacio. La silla tiene paso, no se le puede pedir peras al olmo, pero el sillón, por favor, que alguien me diga quién la diseñó porque le pienso decir cuatro cosas, entre ellas que la espinosa cama de un fakir es más cómoda que ese artilugio confeccionado a partir de piel de elefante y huesos de mamut.

La comida depende del día, a veces es mínimamente comestible, a veces es incomible. El servicio, por lo general, es bueno. Aunque existe un inconveniente principal. Supongo que para una empresa de catering que cocina con tanta profusión, si tiene que hacerlo para casi todos comedores de escuelas, hospitales o residencias de ancianos de la provincia de Málaga, no debe ser tarea fácil. Supongo que, al cocinar para tantas personas, la calidad se reduce, si bien emplear ingredientes de bajo coste, escatimando en gastos, debiera ser prohibitivo. Cuando un enfermo destapa la bandeja del almuerzo o de la cena, se puede encontrar con cualquier cosa. Una fruta que huele a húmedo y cuyo sabor se asemeja a goznes oxidados, unas verduras de bolsa que no han sido descongeladas apropiadamente y flotan sobre un caldo de agua, alcachofas duras como piedras, sopas agua achicoria de sobres instantáneos, pescados acuosos, carnes con hebras, arroces tres delicias de congelado, y un largo etcétera. A mi entender, la dieta de un enfermo debería estar mejor cuidada, empleando alimentos de mejor calidad, nutritivos, con sustancia y sabor; no alimentos que, con tal de acortar gastos, ni los cerdos se lo comerían.

En cierto modo habrá que achacar tales deficiencias a la falta de presupuesto. Sabemos que los hospitales dependen de la Concejalía de Salud de la Junta de Andalucía; por lo tanto es una cuestión que obedece a los de arriba. ¿Qué le vamos hacer? En una ocasión tuvimos como compañera de habitación a una anciana de Córdoba que, de jovenzuela, emigró a Bélgica con su esposo en busca de trabajo. Sus hijas se criaron, estudiaron y se casaron allí. Fueron ellas las que nos dieron su opinión diciendo que en aquel país las cosas eran muy distintas. En primer lugar, las habitaciones son individuales. En segundo lugar, los familiares, en caso de pernoctar una noche en compañía del paciente, tienen a su disposición una adorable y confortable cama. Incluso, en vez de incómodas sillas, existen sofás esponjosos, ¡válgame Dios! En todo caso, la inversión en Salud Publica siempre ha sido un debate demasiado extenso para nuestro parecer.

Pese a todo, también hay que elogiar otros asuntos que, desde mi humilde posición, son básicos. Me refiero al trato afable de los celadores, la mesura de los enfermeros, la comprensión de los doctores. Son trabajadores que se vuelcan por los enfermos y siempre albergan una amable sonrisa. Sin ellos, muchos pacientes sucumbirían al desánimo. Como bien es sabido, la evolución de una enfermedad, en parte, depende del estado de ánimo del que lo padece, así que estos currantes se dejan la piel, las energías, en complacerlos.

Al menos esto he podido comprobar en mi paso por casi todas las habitaciones del Hospital Comarcal, durante casi dos años, acompañando a mi madre, compartimos habitación con inglesas, senegalesas, francesas, españolas. He aprendido que, por encima de todo, el calor humano que puede dar una persona es imprescindible, importantísimo, recomendable, una panacea para la desesperanza. He aprendido que cuando los días se vuelven grises y fríos, y la muerte acecha con su figura sombría, hay que mantenerse firme, en guardia, desplegando toda la fuerza que un hombre o una mujer pueda albergar. Porque si no te vuelves fuerte, el Hospital puede absorberte, exprimirte la esencia, puedes perder incluso la cordura por momentos. Allí, en el Hospital, las personas se topan con los miedos, las debilidades, las sombras del alma.

Es duro enfrentarte a todo eso.

1 comentario:

  1. Una visión un tanto cruda de lo que actualmente se mueve en la Sanidad Pública. Lamentablemente y como bien dices, ésta, está gobernada por una entidad que no entiende de personas, solo números. En mi caso personal, sé de muy buena tinta lo que se mueve, lo que se hace y lo que se padece... y efectivamente es así, unas infraestructuras, en algunos casos lamentables y en otros... por así decirlo "de ensueño", que quedan en todos los casos eclipsada por el trato humano de sus trabajadores.

    En mi no corta andadura a través de hospitales... el común denominador ha sido y es, la calidez y el apoyo que, en ocasiones, puede darte una persona ajena a tu "problema", y que sin saber cómo, entiende y da tranquilidad a una mente abotargada por el cansancio. Como bien dices, las horas se hacen eternas y los días cada vez más largos.

    Entiendo perfectamente lo que dices y coincido contigo... las noches en vela al lado de aquel/aquella que quieres, en ocasiones merecen cualquier sufrimiento, pero es de reflexión que haya una mejora en las infraestructuras, ahora que estamos en época de hacer todo lo que nos rodea más cómo y confortable. UN POQUITO DE POR FAVÓ Y CALIDA HUMANA, QUE AL MENOS LE CAMBIEN LA GOMAESPUMA A LOS SILLONES, QUE PARECE QUE ESTÁN HECHAS DE YESO...

    SALUD!

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