jueves, 19 de enero de 2012

Marta del Castillo y la guerra civil española




Hay un dolor inmenso, infinitamente desgarrador, que hiere por dentro y perdura toda la vida hasta que nos sobreviene la muerte. Sí. La muerte. Esa verdad única, eterna e incuestionable. La muerte de una hija en extrañas circunstancias, a manos de un asesino que ha logrado eludir la justicia y, por consiguiente, enfrentarse a un justo castigo. Es más, cuatro implicados han sido absueltos del caso sin que sobre ellos haya recaído pena alguna, pese a que las pruebas los señalaban como posibles cómplices de la vil fechoría. Por lo tanto, teniendo en cuenta que la Justicia se basa en la mera interpretación de las leyes, al no encontrarse el cuerpo del delito, el cadáver de la víctima, la esperanza de una sentencia ecuánime y ejemplarizante se hace imposible. Hallan un cuchillo, una cuerda, sangre de la víctima por toda la habitación; el autor material confesó su culpabilidad; reconstruyen los hechos y aciertan a dilucidar que éste no pudo deshacerse del cuerpo solo. No obstante, la cuestión ronda alrededor de una trascendental tesitura: ¿Dónde está el cuerpo de Marta del Castillo? No se sabe. Nadie lo confiesa, ninguno de los cinco. El asesino y sus cómplices se han estado tirando la pelota los unos contra los otros durante el proceso judicial, para colmo de cinismo, mientras que la cabeza de turco, Miguel Calcaño, fue condenado a 20 míseros años, de los cuales más de la mitad no los cumplirá, según los beneficios penitenciarios. Amén. Puede que dentro de cinco u ocho años Calcaño salga a la calle en libertad condicional, y para entonces tendrá menos de 30 años, pudiendo rehacer su vida tan pancho. Por el contrario, los padres de Marta sufrirán el estigma de la incertidumbre por no conocer el paradero de su hija, a la cual habría que darle digna sepultura.




Pónganse por un instante en el pellejo de esta familia, que de tanto llorar sus ojos se han resecado y sus rostros se han transformado en mármol. Poneos en su situación, sintiendo de por vida un dolor hueco, sórdido y tenebroso, pues su hija nunca será rescatada del indigno lugar donde sus homicidas la enterraron; eso si la enterraron. Pensad en esas dos niñas, hermanas de Marta, que crecerán con una daga clavada en el corazón, incrustadas indirectamente a causa de los nefastos acontecimientos; dos niñas que crecerán ahogadas en la angustia de sus padres. Esta desesperación es la peor de las torturas. Pese a que pase el tiempo, cada minuto de existencia supondrá para ellos cuestionarse a diario: ¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está mi hermana? ¿Dónde está Marta? Si al menos pudieran enterrarla como Dios manda…




Una vez hayamos alcanzado un mínimo de comprensión, de consolación, por la familia del Castillo, demos un giro de ciento ochenta grados y pensemos en las miles de víctimas de la guerra civil española y el Franquismo. El dolor de esta familia es el mismo que padecieron, y aún padecen todavía, todas aquellas personas que perdieron un padre, una madre, un hijo, una hija, un hermano, una hermana, un abuelo, una abuela, fusilados o torturados hasta la muerte y, acto seguido, enterrados en fosas comunes, bajo algún puente, junto a un olivar, en la orilla de un río, a las afueras de un cementerio: ¡Desaparecidos durante 70 años!




El dolor es el mismo, la tristeza es la misma, las lágrimas son las mismas…



En honor a la Justicia Universal y a los que han luchado por ella.

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