viernes, 14 de septiembre de 2012

Notas de un diario


Estoy desesperada. Me encuentro al filo del abismo. Por más que intento levantar cabeza, parece que me hundo más y más, en el fondo de un abismo infinito rodeado de inmensa oscuridad.

En poco tiempo he pasado de ser una persona anónima a estar en el centro del cosmos. No tengo intimidad, he perdido mi privacidad. No puedo hacer nada sin que me estén observando. ¡Es terrible! Y lo peor de todo es que yo no he elegido esto. Yo no he decidido estar en esta situación. En cierto modo, es un efecto colateral, casual y fortuito.

Mi hermana me llamó meses atrás; me dijo que la Casa Real había aceptado la propuesta de compromiso con el príncipe. Pero me advirtió que, a partir de ahora, las cosas cambiarían muchísimo. No fui consciente de la magnitud de los acontecimientos hasta que mi existencia se convirtió en un tormento. Vale. No soy una madre ejemplar. He sufrido un divorcio, con una hija de por medio, y ahora he iniciado una relación con un chico bastante resuelto. Después de todo, me sentía libre de las ataduras matrimoniales que en el pasado me causaron tanto desconsuelo. Estaba empezando a disfrutar de la felicidad de hacer lo que quisiera, con quien quisiera o como quisiera, Sin embargo, aquellos hombres de rostros impávidos, de chaquetas grises y gafas de sol negras, que aparecían de la nada, que me asaltaban por la calle e incluso en mi propio hogar, me dictaban lo que debía o no debía de hacer, cómo tenía que comportarme en sociedad o qué lugares debía frecuentar. Me amenazaban con que si no abandonaba ciertos hábitos, mi comportamiento público afectaría profundamente la relación de mi hermana con el príncipe. Poco a poco, me fui convirtiendo en una marioneta sin voluntad, estrechamente ligada a las directrices de los agentes de la Casa Real.
    
Entonces, la angustia comenzó a anidar en mi interior. Me sentía observada. Cada vez que hablaba con alguien o iba a algún lugar veía aquellos cristales negros observándome desde la distancia, en un coche o a pocos metros, en un banco de la calle. A veces creo que hasta dentro de mi casa hay cámaras ocultas, y que carezco de vida privada.

No aguanto más. Esto no es vida. Y no quiero causarle ningún mal a nadie, ni siquiera  a mi hermana. Lo aconsejable es borrarse del mapa, evaporarse, porque incluso si me escapara lejos, muy lejos, habría alguien detrás, persiguiéndome. Por este motivo, he decidido suicidarme. Mañana redactaré una carta a mis familiares, después de lo cual, me quitaré la vida. Antes les escribiré que lo que hago tiene una razón lógica; que si he tomado esta decisión no ha sido por mi propio parecer. No lo hago por convicción, ni siquiera por iniciativa, sino por opresión. No hay mayor crueldad que perder tu libertad, tu independencia a manos de unos intereses nacionales nefastos, de una institución obsoleta y sanguijuela que vive del cuento, que sobrevive del bolsillo de todos los ciudadanos, y lo único que hace es habitar en lujosas mansiones y subsistir opulentamente a costa nuestra... No le deseo a nadie pasar por lo que yo estoy pasando en estos momentos.  

Que mi muerte, al menos, registre el eco de mi malestar. Así sea.

ÉRIKA, febrero 2010

              

1 comentario:

  1. Estremecedor relato.
    Fíjate que al final existen miserias en todas las familias.
    Hay que ser demasiado valiente para escribir esas letras, con lo agonizante que debe ser el instante de escribirlas.
    Una lastima.

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