domingo, 20 de octubre de 2013

Coraje




Un día cualquiera, no importa cuál de la semana, Angustias arrastraba los pies. Casi derrotada, pareciese como si una fuerza invisible la empujara hacia el suelo, encorvando su espalda y obligándola a caminar con paso parsimonioso. La mujer era una imagen ensombrecida de sí misma. No pasaba de los cincuenta. Pero algo muy profundo, una expresión de perpetuo sufrimiento, dibujaba en su rostro una vejez prematura.

Un día cualquiera, no importa cuál de la semana, Angustias subía la cuesta de la calle. Siempre la misma cuesta de la misma calle; la que conducía a la casa de su madre. Más que una rutina, era una obligación. Aunque deseara no volver a subirla nunca jamás, no tenía otra opción más que hacerlo. Por encima de todo se hallaba el amor que le profesaba. Ese sentimiento que se forja al cabo de media vida juntos, cuyos cabos pueden llegar a ser irrompibles. Nada ni nadie puede hacerles mella, ni siquiera las calamidades, los desastres o los problemas familiares. Todo lo contrario. Estas cosas reforzaron la unión entre ambas mujeres, por lo cual el vínculo era inquebrantable.

Pero ese día, en especial, se sentía más cansada que nunca. Hacía un calor sofocante, tan insoportable que nadie se atrevía a salir a la calle. De repente, recordó un fragmento de su pasado. Tendría como unos ocho años cuando sucedió. Solían salir a menudo para darse un baño en las refrescantes aguas del río. Mientras su madre preparaba la merienda, Angustias se perdió en la frondosa cañada. Entonces, descubrió una majestuosa higuera que debía ser más vieja que el resto de los árboles que crecían alrededor. La niña se abrazó al orondo tronco que, por cierto, desprendía una frescura agradable. Poco a poco fue cayendo en un profundo sopor y sus ojos se cerraron. Recordó que se produjo un extraño silencio y, a continuación, un tímido sonido que provenía de las entrañas del árbol. Sonaba algo parecido como un latido apenas perceptible. No supo cuánto tiempo permaneció allí. Una voz la llamaba ahora y salió de aquel mágico ensimismamiento. Su madre la encontró medio dormida tumbada en el suelo.
 
- Mamá, ¿por qué aquí se está tan fresquito? – Preguntó la niña una vez que se desperezó - ¿Y por qué este árbol tiene un corazón en su interior?

La madre la miró con una expresión de dulzura consumada y le dijo:

- Dentro de esta higuera vive un duende de las aguas, quien se encarga de regar todas las plantas de esta cañada. Aquí, justo aquí, en esta higuera, se encuentra el depósito. El latido que has escuchado antes es el sonido de una sofisticada máquina que bombea el agua por debajo de tierra desde aquí hasta más allá de las montañas.

Angustias adoraba aquellos cuentecillos. Siempre la había considerado una excelente Cuentacuentos y se sentía orgullosa de tener una madre así de ingeniosa. Además, poseía una fuerza de voluntad excepcional. El marido (ese gran desconocido) las abandonó cuando Angustias cumplió cuatro años. Una noche se marchó sin dar motivos y nunca más volvieron a verlo. De todas formas, la madre luchó por su familia saltándose todos los convencionalismos sociales. Con grandes esfuerzos crió a la hijita y, más adelante, consiguió pagarle una carrera. Angustias llegó a convertirse en profesora de la universidad, en la facultad de medicina.

Entonces, ocurrió lo imprevisto, lo que ninguna de las dos esperaban. Esas cosas que ocurren por las circunstancias de la vida, por mero capricho del destino. Su madre comenzó a apagarse lentamente. Después de visitar varios doctores, no supieron hallar el remedio a la enfermedad. En menos de un año, fue degenerándose hasta que una mañana no pudo levantarse nunca más de la cama. Se convirtió en un vegetal; incapaz de comer, orinar, defecar o incluso sentir.

Durante una continuidad de veinticinco años Angustias la cuidó con devota dedicación. Pidió una excedencia y abandonó la enseñanza. Aparcó su vida social, rechazó a todos los pretendientes que se le acercaban. Se dedicó en cuerpo y alma al cuidado de su madre. Sin descanso, día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Ahora su madre iba a cumplir los noventa y tantos.

Atenderla no era una tarea fácil. La degeneración que sufría se manifestó paulatinamente. Primero, perdió el habla; segundo, la movilidad de los músculos; y tercero, cada una de las necesidades fisiológicas que se necesitan para subsistir. Angustias repetía las mismas labores a diario. La lavaba, le cambiaba el pañal y le hacía masajes con alcohol por toda la superficie del cuerpo, al menos dos veces al día. A continuación, trituraba la comida y se la introducía – junto con las dieciocho pastillas que estaba obligada a ingerir - por una sonda que los doctores le pusieron en el vientre. Su mundo se redujo a una pequeña habitación con una cama, un cadáver viviente, una bolsa de plástico y cajitas de medicamentos. Además, La desesperación se manifestó también en la forma más insospechada. El país sufría una recesión económica dantesca, la peor de su historia, de modo que el gobierno se las había arreglado para hacer recortes en todos los ámbitos sociales, incluido en la salud pública. La enfermedad de la madre no entraba en el cupo de la seguridad social, por lo tanto no apercibía ninguna ayuda, teniendo que sufragar de su propio bolsillo los gastos de las medicinas. Al final de cada mes, y con un sueldo de unos ochocientos euros, Angustias se encontraba sin un céntimo.       

A veces Angustia se preguntaba si detrás de aquella piel macerada, semejante a la de una momia, habría conciencia. Si detrás de aquellos ojos abiertos e inertes aún existía la mujer fuerte y valiente de antaño. Si sentía dolor, hambre, felicidad o enfado. Nunca podría saberlo. Por supuesto que los doctores le explicaron que esto era hipotéticamente imposible. La madre, aunque clínicamente continuaba viva, había dejado de existir como persona que piensa y siente. Pese a ello, continuaba hablándole del mismo modo que antes de sucumbir a la enfermedad, con palabras llenas de dulzura y gracia, porque nunca perdió la esperanza de que, al menos, pudiese escuchar lo que ella le decía.

En ocasiones, Algo se quebraba en el corazón de la hija. La tristeza la abrumaba hasta tal punto que perdía la ilusión por todo. Un deseo funesto comenzaba a crecer en su interior de manera impulsiva y era imposible refrenarlo. Sentía un dolor hueco, tiritaba, pero no de frío, sino de desolación. Aún era joven, sin embargo se sentía como una anciana al final de sus días.    

Así pensaba Angustias cuando, por fin, llegó a la casa de la madre. Abrió la cerradura muy despacio. Dudó al entrar, permaneciendo en el umbral de la puerta durante varios segundos. Unos segundos que se le antojaron horas. Sus ojos querían llorar, pero había sufrido tanto que ya no le quedaba ni una sola lágrima por derramar. Sí. Tantos recuerdos. Tanto amor. Tantas penurias. Toda una vida se le escapaba de las manos sin que pudiera hacer nada. Ver a su madre todos los días en aquellas condiciones era tan terrible que se sentía como si su alma se rompiese en pedazos para, Luego, recomponerse y volver a romperse sucesivas veces, una y otra vez. Debería acabar con este suplicio de una vez por todas. Querría terminar con esta historia. Todo tiene un final, pensó, aunque fuese de aquella manera. Pero esas palabras no la consolaban.   

Lo que en esos instantes se iba a producir iba más a allá del entendimiento. Para unos, habría sido un atentado contra la vida misma. Para otros, una panacea contra un tormento indescriptible y duradero. Fuere lo que fuere, el hecho fue consumado a solas, en silencio y con total discreción. Nadie supo nunca de las verdaderas intenciones de Angustias en aquella mañana calurosa y todos los vecinos creyeron que se produjo de forma natural.

Un día cualquiera, no importa cuál de la semana, Angustias introdujo una dosis profusa de cianuro en la sonda de su madre, acabando con la vida de ésta.
         

1 comentario:

  1. Vaya, que pena...
    Es cierto, murió.
    Yo también conocí a aquel duende y a aquella cuentacuentacuentos, de eso hace ya varios siglos...
    Seguro que debe andar por algún mágico lugar entremezclada con sus personajes...
    Shhhhh!!
    Es ella!
    Me susurra algo dulcemente.
    Dice que...
    Te manda un abrazo.

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