sábado, 26 de octubre de 2013

El desempleado



Roberto Abrió los ojos. Acababa de despertarse e intentó recordar qué había soñado. Hacía tiempo que no soñaba. Simplemente no recordaba los sueños o, quizás, había dejado de tenerlos. Echó un vistazo al pequeño despertador que se encontraba sobre la cómoda. La aguja marcaba las trece y veinte. Siempre se despertaba a esa hora, ya que no tenía ninguna responsabilidad que le obligara a madrugar. Ni siquiera sacar a pasear la perrita, de eso se encargaba su madre.

De repente, el corazón se le encogió. Tuvo plena conciencia de la realidad, la cual pareció sorprenderle como si le hubiesen abofeteado. Seguía tumbado en la cama, sin ánimos para levantarse, removiendo en sus pensamientos la misma y triste idea: Otro tedioso día que afrontar;. Esta idea lo atormentaba desde los últimos tiempos. Roberto llevaba desempleado cuatro años. Había cumplido los treinta y nueve y seguía viviendo con su madre: una mujer viuda de setenta años con múltiples achaques.

La aburrida existencia de Roberto consistía en no hacer nada. Después del almuerzo, solía frecuentar la tasca del barrio, donde establecía frívolas conversaciones con los parroquianos del local. Luego, se encerraba en su habitación y leía novelas de ciencia ficción entre las que se encontraba la serie de la Guerra de las Galaxias o la colección de Isaac Asimov. Al llegar la noche, encendía el ordenador portátil y se enfrascaba en largas partidas de rol online hasta altas horas de la madrugada.

No tenía más tareas que éstas. Bueno, éstas y la principal de todas: azorarse continuamente por la situación en que se encontraba se convirtió en un ejercicio rutinario. Se hacía cada día la misma pregunta, ¿cómo era posible haber llegado a tocar fondo? Antes de la crisis tenía un trabajo en una empresa de la construcción. Trabajaba muy duro pero, al menos, podía permitirse ciertos lujos. Se compró un coche, se metió en la hipoteca de un piso y, cada fin de semana, él y su ex novia realizaban viajes de fin de semana alrededor de la geografía del país. ¡En una ocasión visitaron incluso Madrid!

La suerte parecía sonreírle hasta que la economía quebró. La construcción se desplomó y todas las empresas aledañas se quedaron sin trabajo y tuvieron que cerrar. El banco le embargó el coche, los ahorros y, sobre todo, el piso que nunca llegó a habitar. Para colmo, su novia lo abandonó por su mejor amigo cayendo en una profunda depresión que le constó superar más de un año .

No obstante, al principio Roberto no se dio por vencido. Los siguientes dos años se las emprendió para llevar a cabo todo tipo de estrategia con el fin de conseguir algunos ingresos. Sus esfuerzos fueron totalmente en vano y allí donde demandaba le cerraban las puertas en las mismas narices. Más tarde, intentó inscribirse en todos los cursos gratuitos que le fue posible. En unos, le exigían ciertos requisitos académicos que no poseía, por lo tanto era excluido; en otros, la peregrinas acreditación de los títulos sólo servían para adornar la estantería del salón.

Por lo tanto, todas sus ilusiones acabaron borrándose de un plumazo. En los últimos meses había abandonado la idea de buscar trabajo porque sabía que era prácticamente inviable. A su edad, sin estudios y sin preparación, ingresó en el grupo de esos cientos de miles de personas que se encontraban en una especie de limbo laboral, por carecer del perfil necesario: ser joven de entre 18 y 25 años, tener carrera universitaria, cursos homologados o saber idiomas. Estos desamparados parecían estar destinados a naufragar el resto de sus miserables vidas mientras la situación del país no mejorara. Es más, tal y como estaban las cosas, en los pasados cinco años no se percibieron síntomas de recuperación económica. Así que la cosa iba para largo.

"menos mal que tengo a mi familia", pensaba mientras se puso de pie y se vestía con desgana.

- ¡Hijo, levántate ya, que tienes que ir al supermercado! – La vocecilla de la madre le sonó amargamente familiar. Entre sus funciones domésticas también estaba el de “chico de las compras”.

- ¡Ya voy, madre! – Respondió con un sutil gemido apenas apreciable.

Usó el lavabo. Se aseó la cara a la vez que se examinó en el espejo. Su aspecto era horrible, de un descuido notorio. Se había dejado crecer la barba, cubríale la frente largos cabellos enmarañados, le crecieron algunos granos en la nariz otorgándole el aspecto enclenque de un jovenzuelo que acabara de entrar en la pubertad. Se avergonzó de sí mismo por la fachada que presentaba.

Ofuscado, salió del cuarto de baño a toda prisa, cogió el carrito de la compra y se marchó evitando cruzarse con la madre.

Las calles estaban abarrotadas de transeúntes. Las furgonetas iban a toda prisa de un lado a otro repartiendo sus mercancías en los establecimientos. De vez en cuando se escuchaba el claxon de un coche, el ladrido de un perro o el silbato de un policía. La ciudad vibraba como de costumbre. Sin embargo, el ambiente era irrespirable. Roberto podía percibirlo claramente. Nadie sonreía; tan solo había rostros apagados, tristes, preocupados, llenos de miedo. Recordó a un amigo suyo. Lo echaron del trabajo la semana pasada y sin previo aviso después de haber prestado sus servicios en la empresa durante siete largos años, y para colmo sin asegurar. Desde que se aprobara la nueva ley laboral, cualquier obrero podía ser despedido sin miramientos. En otras palabras, los sindicatos dejaron de tener poder y las empresas se habían convertido en una fuerza omnipotente e irrefutable.

Y en medio de todo aquello estaba Roberto. Se sentía un parias, un “don nadie”, una persona acabada, sin futuro, atrapado en una jaula llamada apatía. Cada día pasaba igual que el anterior como un eterno bucle. Además, se veía arrastrado por una marea inagotable de indiferencia duradera. Ya nada le importaba, ni se molestaba por saber qué decían los periódicos acerca de los tejemanejes políticos.  

Entonces, súbitamente se detuvo. Miró en el cristal de un escaparate y vislumbró la oscura silueta de un hombre. Era su silueta. Se dio cuenta de la ridícula apariencia que exhibía. Espalda arqueada, delgaducho, con un flequillo despeinados cayéndole como lianas por el frontispicio. Llevaba puesto la camiseta de la célebre película E.T. y sujetaba con la mano derecha el carrito de la compra adornado con flores amarillas y rojas estampadas. Quiso desviar la mirada, pero le fue imposible. Volvió a mirar en el espejo aún más perplejo.

A sus treinta y nueve años no era nadie, menos que un fantasma errante por las calles de la ciudad. El sistema le hizo ser así. Todos eran culpables: los políticos, los empresarios, los banqueros, incluso los amigos. Sintió un odio atroz contra todos ellos y, sobre todo, contra sí mismo. 

Entonces, le brotaron lágrimas de los ojos, las cuales se deslizaron por las mejillas como dos riachuelos de un frío otoño, un otoño que nunca parecía irse.        

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