martes, 26 de noviembre de 2013

El sistema educativo



Terror en las aulas
Por Francisco Miguel González López



Al cabo de los años, me pregunto si de verdad ha valido la pena haber consumido tanto esfuerzo en estudiar, ya sea en el instituto, ya sea en la universidad. Los recuerdos de mi estancia en centros educativos españoles están grabados con imágenes nebulosas sobre fracasos continuos. 

Desde el principio, en el colegio nos hicieron creer que estudiar era la mejor forma de superación; significaba la emancipación del individuo, cuyo objetivo primordial se basaba en la formación humanista. Después, con el tiempo, la realidad fue transformándose. El ambiente de competitividad que se respiraba, siempre bajo tesituras materialistas, la suma obediencia castrense, el aislamiento individual, no podían compararse a los ideales básicos de la enseñanza libre. Éramos meros números, meras calificaciones, meros objetos que encajarían en un futuro en los engranajes del sistema económico vigente; y no importaban en absoluto las inquietudes que uno tuviese. 

Durante el instituto la situación cambió a peor. Fue éste un período crucial de arduos sacrificios en donde tuve que prepararme para alcanzar la universidad. Recuerdo el estrés de los exámenes, los mecánicos métodos de aprendizaje, la falta de motivación como consecuencia de la insulsa predisposición de los profesores en formar a los estudiantes. Ya, a estas alturas, se entreveían las fauces del sistema educativo. Había que tomar una orientación clara hacia uno de los caminos; el uno era el camino pragmático, el que infería en las exigencias del mercado, el que todo el mundo añoraba por sus ventajas monetarias; el otro era un camino sin glorias, sin triunfos, el que nadie quería por la carencia de resultados materiales dignos; el uno era el camino del poder, el de las suntuosas nóminas, el de las élites; el otro era el camino de los fracasados, el de la ineptitud, el de la ineficacia. 

Ésta era la idea que entendíamos sobre los estudios y jamás se me olvidarán las palabras que un día me dijo un compañero de pupitre: – ¿Vas a estudiar la carrera de historia? ¿Pero si eso no sirve para nada?–. Mejor hubiese elegido cursar derecho, arquitectura, medicina o ingeniería técnica; pero no, yo tuve claro lo que quería desde el principio, porque yo amaba la historia, sentía verdadera vocación por ella, y me importaba un bledo las demás carreras; ninguna de esas mentes con forma de cajas registradoras pudieron hacerme cambiar de parecer.


Cuando llegué a la universidad, el concepto colegial de fraternidad y solidaridad que había aprendido se derrumbó estrepitosamente. Las aulas se convirtieron en claustros fríos, en donde predominaba la apatía, la impasibilidad, el resentimiento. Nadie ayudaba a nadie, todos éramos rivales en el campo de batalla; además, los profesores eran monigotes con voces campanudas que vomitaban sus aburridas enseñanzas como si fuesen discos magnetofónicos de un viejo gramófono. El día de la presentación del primer año académico uno de los valientes docentes se atrevió a afirmar, delante de cincuenta o sesenta alumnos, que nos habíamos equivocado de aula, que la historia no valía para nada y que, al terminar el curso, engrosaríamos las listas de parados de las oficinas del INEM. Pese a todas estas vicisitudes, al final pude acabar y obtuve la licenciatura. 

Sé que el 90% de las personas que han estudiado en España pueden sentir la misma empatía sobre lo que expreso en este artículo. Creo que deberíamos considerar promover una reconfiguración del sistema educativo, adaptándolo a las aspiraciones del ciudadano, y no a las del mercado, en el que se aprenda y se enseñe por vocación, por motivación, no por necesidad material. Nuestro sistema educativo, al más estilo prusiano, está construido y manipulado por unas instituciones que, en realidad, nada conocen de la educación intrínseca. La que tenemos es una educación subyugada a la industria, a las empresas, al capitalismo puro y duro. Por lo demás, el resto de las disciplinas tenderán a  desaparecer o a caer en desuso, como está ocurriendo con la filosofía, la historia o el latín.

Si una cosa no es práctica, hay que borrarla de un plumazo, así piensan muchos burócratas de la enseñanza.            


  

1 comentario:

  1. Siempre te queda pensar, en lo orgullosa que esta tu madre de ti. MJ

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