martes, 4 de febrero de 2014

Es una pena que...



Es una pena que aquí nadie haga absolutamente nada; embarrados en la parsimoniosa calma de los sumisos esclavos.

Es una pena que unos mangantes con nombres de ex-ministros, ex-alcaldes, empresarios y magnates inmobiliarios sigan impunes pese a haber robado miles y miles de euros del erario público; que se les impute y la sentencia sea menos que una fianza pagada con arrogancia y la puesta en libertad sin cargos; que después de haber salido en libertad sigan con sus bienes y patrimonio indemnes, incluso puedan ejercer de nuevo cargos públicos. La lista de ladrones es enorme: Jaume Matas, Iñaki Undangarin, la Infanta Cristina, Bárcenas, Amy Martín, Antonio Rivas, Francisco Álvarez Cascos, Félix Millet, Ruiz-Mateos de Nueva Rumasa, Artur Mas, Enrique Crespo, Carlos Dívar, Rafael Blasco, Caso Forcem y cientos de alcaldes del PP-PSOE diseminados por toda la geografía española.

Es una pena que se produzca en España el fenómeno de los desahucios; que desde el comienzo de la crisis en el 2008 hasta nuestros días se hayan producido unos 260.000 procesos de desahucios, según el Consejo General del Poder Judicial; que como consecuencia de ello se hayan dado más de una veintena de casos de suicidios de gente verdaderamente desesperada; que la policía se lleve esposados a ancianos, discapacitados, familias enteras que se han resistido a abandonar sus viviendas; que la plataforma Stop Desahucios, junto a innumerables vecinos, protesten por esta desfachatez y sufran la carga de los antidisturbios.

Es una pena que cientos de jóvenes promesas, estudiantes que acaban de terminar la carrera, con un currículum brillante, u otros más humildes que por mera necesidad tienen que emigrar a otros países porque aquí no haya futuro, tengan que dejar atrás a familiares, amigos y gente querida para buscar una salida a su situación económica en un país extranjero, sin apenas conocer el idioma, y experimentando la difícil adaptación a una cultura ajena a la suya.

Es una pena que la ciudadanía sea asaeteada diariamente con nuevos e incomprensibles impuestos; que sufra las consecuencias de la nefasta acción de políticos, bancos y usureros; que la existencia de un ciudadano se base en la mera preocupación por pagar mensualmente docenas y docenas de facturas, cuyas cifras suben y suben como la espuma pese a la presente situación de adversidad.

Es una pena la indiferencia de la gente; la sumisión de las masas; la no-acción de los ciudadanos; es una pena que nuestras protestas se hayan convertido en ineficaces discusiones taberneras o debates de reuniones familiares, y que luego nos avergoncemos de decir la verdad a la cara a nuestros políticos más cercanos por miedo a que pueda romper el nepotismo que nos une a ellos.

Es una pena que haya grupos, empezando por el 15-M  y llegando a Stop Desahucios, Indignados, Democracia Real Ya, Jóvenes Sin Futuro y cientos de pequeños colectivos, que están luchando por los derechos de todos nosotros, sean tachados por el Gobierno, los medios de comunicación y mucha gente corriente de "perro flautas", "hippies", "rojillos", "vagos" o "titiriteros".

Es una pena que se rían de todos nosotros en nuestra propia cara y sigamos sin hacer nada; que nos callemos como putas, con la cabeza gacha, creyendo que nada va a cambiar y que lo único que hay que hacer es sobrevivir como se pueda. ¡Pues no, no es esta la elección!

Hay que levantar la cabeza, gritar, protestar, aunque sepamos que nuestra causa esté perdida; hay que luchar por nuestros derechos, y no conformarnos con la derrota, aunque sea algo tan ínfimo como recurrir una multa, poner una hoja de reclamaciones en un centro comercial o pelearte con el director de una caja rural por comisiones indebidas; hay que inducir a los que nos rodean a la "desobediencia civil", a la Indignación que repiqueteaba Stephane Hessel allá en el 2010; Hay que boicotear a los políticos, a los bancos, a los empresarios, a los responsables de esta situación como ya lo hicieron Gandhi o Martin Luther King, mediante huelgas, manifestaciones y violando las reglas impuestas que nos afectan de algún modo u otro, todos unidos, bajo una misma conciencia, bajo un mismo propósito: reescribir la Democracia, el sistema, el Estado de Derecho, y hacerlo más justo, con valores más honestos e igualitarios; Pero también hay que empezar a indignarse desde uno mismo, como individuo; hay que ser un desobediente civil sin pensar en los demás, sino en uno mismo, en tus derechos y deberes como ciudadano, y cambiar el pequeño mundo que te rodea, ese que está varios metros separado de tu cuerpo y que puedes tocar y sentir... Entonces, poco a poco, el mundo se trasforma.

La revolución más grande que pueda existir empieza en nuestras conciencias; si moldeamos la conciencia de la ciudadanía, dentro de un marco de libertad, respeto y compromiso, podremos cambiar cualquier cosa... Sin embargo, nos queda una larga y dura lucha que emprender; las armas de los facinerosos son muy poderosas. 
 





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