martes, 21 de abril de 2015

El problema de Haití y la República Dominicana


La situación entre Haití y República Dominicana se recrudece. Algunos lo llaman "problema de inmigración", otros, sin embargo, son más cínicos y lo llaman "invasión silenciosa". Desde Haití, un país devastado por el terremoto de 2010, sin apenas recursos, se origina un flujo de inmigración no controlada hacia la vecina República Dominicana, cuya cifra se han triplicado en los últimos años.

Pero, ¿qué sabemos, nosotros los españoles, sobre este particular? ¿Se trata de una simple cuestión migratoria o de un problema más complejo?

La isla de Santo Domingo fue colonia española hasta finales del siglo XVI, cuando fue abandonada por sus autoridades, más bien por el poco interés que tenían sobre esta tierra que por otro factor. En adelante, se convirtió en un territorio ingobernable y caótico, dominado por los piratas durante más de 50 años. Entre 1795 y 1822, en la última fase de la Primera Revolución Industrial, la isla será motivo de interés para la explotación de la caña de azúcar, siendo conquistada y reconquistada por las potencias españolas, inglesas o francesas varias veces. Durante estas fechas se produce un suceso trascendental para la historia del Caribe y, quizás, del mundo. Estando la isla bajo el poder francés, se produce la primera revuelta de esclavos de origen africano que concluyó con la creación del Estado Independiente del Haití Español, la primera nación independiente gobernada por negros. No obstante, los intereses económicos sobre la isla hicieron que durante varias décadas sus habitantes viviesen episodios sangrientos, consecuencia de guerras, luchas intestinas y enfrentamientos étnicos y raciales. A partir de 1822 la isla estuvo unificada bajo un mismo gobierno, pero las convulsiones políticas, auspiciadas por los españoles, provocaron la independencia del lado oriental de la ínsula y la formación de la República Dominicana en 1843.

Haití y República Dominicana comenzaron sus historias por separado en esta fecha; unas historias marcadas por la suspicacia racial.

Básicamente ocurrió lo siguiente: en la zona de Haití permaneció la mayoría negra francófona de origen africana, y en la zona dominicana quedó una mayoría de mulatos y, sobre todo, de criollos pro-hispanos que llegaron a convertirse en la élite dominante. Actualmente el 95% de la población haitiana es de origen africana; mientras que en el territorio dominicano más de 50% son mulatos, el 27% son blancos y sólo el 12% son negros.

Ahora nos redirigimos al presente. Las relaciones políticas entre ambos países cambiaron drásticamente tras el terremoto del 2010 que arrasó Haití, dejando a la totalidad de la población en la miseria. Los haitianos, teniendo como única vía de escape la frontera dominicana, emigran al lado oriental de la isla en busca de trabajo. La situación se desborda con el paso del tiempo y la frontera, sin supervisión desde siempre, llega a ser una de las principales preocupaciones del gobierno dominicano, quienes se ven incapaces de poner freno al trasiego de personas de un lugar a otro.

El 25 de septiembre de 2013, el gobierno dominicano, ante el creciente flujo migratorio, promulga una polémica ley en la cual establece que los hijos de todos los extranjeros en tránsito nacidos en ese país después de 1929 no son dominicanos. Esto significa que 458.000 inmigrantes podrían perder la nacionalidad (incluso aquellos que estuviesen asentados en el registro civil y que son, en realidad, dominicanos de segunda, tercera o cuarta generación) y, además, podrían ser deportados a Haití sin contemplaciones.

Esta sentencia fue duramente criticada por intelectuales como Mark Kurlansky, Julia Álvarez, Edwidge Danticat, Junot Díaz, el Nobel de literatura Mario Vargas Llosa e instituciones como la Comunidad del Caribe (CARICOM), los cuales consideran que la sentencia atenta contras la Declaración de los Derechos Humanos. España, por el contrario, se manifestó a favor de la ley y respetó la decisión tomada por ser una medida que regularizaría el problema de la inmigración.

Acto seguido, el estado dominicano da inicio al Plan nacional de Regularización de Extranjeros que cerrará su ciclo el próximo 16 de junio de 2015, fecha tras la cual comenzarán las deportaciones.

Un año y medio después de la controvertida ley la xenofobia ha crecido en la República Dominicana de forma exponencial. Para empezar, existe una “depuración” racial de índole administrativa, al estilo de los estatutos de limpieza de sangre de los siglos XVI y XVII en España, cuyos solicitantes deben demostrar su no-procedencia haitiana o sus raíces dominicanas para seguir conservado la nacionalidad. Además, para una gran mayoría de dominicanos, patriotas y fanáticos, la palabra “haitiano/na” ha adquirido un matiz negativo y peyorativo, siendo casi un insulto.

Hasta la fecha se han sucedido numerosos episodios racistas, a veces sangrientos, bajo el estandarte de la “dominicanidad”, de corte nacionalista. Quieren expulsar a los haitianos, pese a que muchos de ellos son plenamente dominicanos y se sienten como tal. El dominicano piensa, incluso, que el gobierno debería construir una muralla fronteriza de 300 kilómetros que los separe de Haití, porque así controlarían la entrada de inmigrantes, que vienen importando “enfermedades” como el cólera, “drogas”, “delincuencia” y, palabra que se repite bastante, “suciedad”, según la opinión de muchos ciudadanos dominicanos. Todas estas expresiones son fruto de la ignorancia o el fanatismo que rodea a una sociedad donde los índices de analfabetismos y la violencia son muy elevados.

Por lo tanto, el problema no es tan sólo política, sino va mucho más lejos: la construcción ideológica anti-haitiana (a manos de políticos, periódicos y televisiones) separa a los haitianos (negros, que practican el vudú, vagos y delincuentes) de los dominicanos (blancos, católicos y honrados), mediante una cosmovisión arcaica de la sociedad heredada de la influencia hispana. Por lo tanto, lo que aparenta ser una corriente nacionalista, al final acaba por convertirse en una corriente xenófoba, cuyos rasgos se han repetido en la historia dominicana, cuyo mensaje se ha transmitida sin excepciones a las generaciones del presente: ser blanco es igual a ser un privilegiado; ser mulato es igual a tener ciertos privilegios, pero no todos; mientras que ser negro equivale al rechazo y a la exclusión social. A esto tendríamos que sumar la fuerte diferencia social existente en el país, siendo los blancos y mulatos los que viven en condiciones mejores, mientras que la mayoría de los negros viven en condiciones deplorables.

¿Soluciones? Es difícil predecir una salida a la crisis actual. Sin duda, hay factores estructurales vienen arrastrándose desde mucho tiempo. Para empezar, la negligencia política de la República Dominicana, con la carencia total de leyes que regularicen a los haitianos, que desde lustros vienen entrando en el país de forma irregular, ha favorecido a los empresarios dominicanos con la contratación ilegal de inmigrantes, sobre todo en las plantaciones de arroz, caña de azúcar o en la construcción, por ejemplo, con un sueldo escaso, sin garantías laborales y vejaciones de todo tipo.

También, con la implementación de la nueva ley, el asunto va a ser solventado de manera rápida y arbitraria, y muchos ya han supuesto que una deportación masiva de este tipo se asemejaría a los promovidos por los nazis contra los judíos en los años cuarenta.

Podríamos decir que uno de los principales desencadenantes de la crisis fue el terremoto de 2010, tras lo cual se triplicó el número de inmigrante en suelo dominicano, ya que los vecinos del Oeste veían a sus vecinos del Este como una válvula de escape frente a la situación precaria en que vivían. Esta cuestión debió de ser tratada por los organismos internacionales pero, después del terremoto, nadie prestó interés por Haití, “la gran olvidada”, y no es justo culpar a los haitianos de un fenómeno migratorio que sucede en todo el mundo y cuyo motor principal es la pobreza.

Sin duda, todos somos cómplices de esta situación, mientras las potencias internacionales se queden de brazos cruzados, no habrá una solución. En este mundo globalizado las presiones diplomáticas o la intervención de fuerzas militares tienen una clara intencionalidad económica: la obtención de los recursos de la tierra. Ahora bien, si estallase un conflicto civil en la isla y la sangre se derramara por doquier, todos los gobiernos occidentales del mundo se echarían la mano a la cabeza y exclamaría: -¡Qué barbaridad!-, pero nadie hizo nada en su momento, aun viendo con claridad la escala de violencia que se está desarrollando.

Para finalizar, nos deberíamos hacer la siguiente pregunta: ¿Por qué no intervienen nuestros países en la crisis Haitiana? Francamente porque en la isla no hay petróleo, gas o minerales… Ésta es la hipocresía del mundo occidental.    

    

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