lunes, 12 de septiembre de 2016

España. País de egoístas

Analicemos la situación política española tras las elecciones generales. Dos comicios y aún no hay gobierno; se teme por unas terceras elecciones, las cuales se celebrarían el 25 de diciembre (¡qué oportuno!), fecha coincidente con el día de navidad. ¿Qué motivos hay para que hayamos llegado a esta situación? ¿Elevado número de abstenciones, pérdida de credibilidad de los políticos, ruptura del bipartidismo y hartazgo de la ciudadanía respecto a la incompetencia de los candidatos por pactar una solución?

Estamos presenciando un período muy interesante de la historia de la democracia, en el cual la formación de gobierno no depende sólo de los resultados, sino del 'pacto' entre líderes, en un contexto insólito, que nunca antes se había dado. La derecha, ni siquiera pactando con las fuerzas del 'centro', conseguiría la mayoría absoluta, mientras que la izquierda se encuentra lejos; de este modo, la única salida viable es gobernar en minoría, a cuya cabeza estaría, o bien Rajoy, o bien Sánchez, apoyados por los otros partidos que les siguen en votaciones. Así son las reglas de la democracia.    

Sin embargo, durante las negociaciones entre los partidos, han salido a la palestra diferentes conflictos externos e internos entre los pretendientes al poder: Rajoy, mediante un empuje totalitario, se obstina en gobernar a toda costa, pese a su fallido pacto con Ciudadanos y el No socialista, lo cual le ha sentado como un jarro de agua fría, culpabilizando a Sánchez del fracaso en la formación de gobierno, del gobierno que él quiere tener, sin medias tintas. Sánchez, por un lado, se niega a permitir que 'su enemigo antagónico' gobierne, mientras los barones socialistas se hayan enfrascados en una lucha intestina por determinar su apoyo a Rajoy o a una coalición de izquierdas. Rivera, por otro lado, después de llegar a un acuerdo con el PP, visto el fracaso de la investidura, se haya alineado otra vez con el no a Rajoy para no perder credibilidad en su partido. Además, Iglesias espera pacientemente a Sánchez para que se coaliguen juntos en un bloque izquierdista; y así se pasan la pelota unos a otros sin que se columbre ninguna alianza factible. 

En el fondo, lo que está sucediendo posee trazas de 'lucha de egos' mezclado con un proceso de des-estructuración del antiguo orden político, en cuyo caso presenciamos la eterna coyuntura histórica del cambio frente a lo inmutable, lo viejo frente a lo nuevo. Es hora de que los partidos se despojen de sus añejos ideales y trabajen en común por un proyecto llamado España; es tiempo de mostrar la verdadera fe por el país y, ya que nadie puede gobernar en solitario, hacerlo conjuntamente, en consenso, aparcando a un lado los reproches y los miedos, los ideales y las agencias, y apostando por el cambio, un cambio que no tiene nada que ver ni con Venezuela (como los medios han manipulado) ni con la fuga de capital; sino que cristalizará en un entendimiento, en un término medio, para conseguir que el país salga del hermetismo socio-económico al que, por culpa de las medidas y recortes de los últimos años, ha sido sometido.

Lo más triste de todo es que hay una realidad mucho más compleja: los intereses de los monopolios empresario-familiares, la corrupción, las ansias de poder de egocéntricos empedernidos, el nepotismo, el 'cainismo' tipo hispano, la voraz sombra de la iglesia, el clasismo populista de las élites o el populismo clasista de la clase media obrera; todos estos factores, y más, desembocarán de nuevo en desavenencias insuperables... De este modo, los valores sectarios de los grupos de poder se encuentran por encima del proyecto de España y, por lo tanto, el país siempre será ingobernable.        


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