domingo, 16 de diciembre de 2018

Un oscuro negocio


Paqui lucha por sobrevivir pese a las adversidades que la vida le impone. Con apenas 800 euros mensuales que consiguen reunir entre ella y su marido, discapacitado en un 65%, con eso tienen que pagar el alquiler de la casa, los gastos básicos de alimentación y la manutención de un hijo de 13 años con discapacidad auditiva y una hija de 15 con “trastorno del desarrollo sin especificación”, cuyo resultado es, hasta que descubrieron la diagnosis, haber sufrido un grave retraso en el desarrollo educativo en el centro escolar donde se hallan inscritos, sito en el Instituto Joaquín Lobato de Torre del Mar.

Su suerte cambió un poco cuando el Ayuntamiento de Vélez-Málaga la eligió dentro del plan de contratos laborales para personas con riesgo de exclusión social. Así que estuvo tres años trabajando a jornadas de siete horas diarias, durante tres meses anuales, con sus correspondientes días de vacaciones y de asuntos propios. Aunque Paqui se encontraba en tratamiento por depresión, habiendo tenido varios episodios de crisis nerviosa, ella siempre fue efectiva en su labor y nunca tuvo ninguna amonestación.

Entonces, el año pasado se enteró de que la empresa Axarquía Tropical necesitaba mano de obra para la campaña del aguacate. Cuando Paqui se presentó a la entrevista de trabajo, la primera cosa que le dijeron fue: “aquí se echan muchas horas”. Ella se imaginó que “muchas horas” serían 8 o 10. Por lo tanto firmó su contrato convencida de que todo le iría bien; hasta que sobrevinieron los problemas.

La primera semana no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Ella y sus compañeras trabajaban unas 14 horas diarias, mientras que en su contrato venía estipulado que se echarían sólo 40 semanales. De vez en cuando Paqui se quejaba ante sus superiores, pero éstos le respondían que, si no le gustaba trabajar, que se largara. En una ocasión se topó con una mujer dormida en la escalera de la entrada del almacén. Paqui se le acercó y le preguntó por su salud, contestándole ella que el día anterior había estado trabajando desde las 7 de la mañana hasta las 12 de la noche, y que hoy le habían dicho de empezar de nuevo a las siete de la mañana, lo que significa que aquella pobre mujer había tenido una jornada de ¡17 horas!

Poco a poco comenzaron a acaecer eventualidades inusitadas, como que tenían que envasar aguacates traídos del Perú, que luego los vendían con el sello español. O aquella vez que notó que los mangos con manchas negras del hongo Alternaria alternata no eran desechados y, por el contrario, eran vendidos a la cadena alimentaria Mercadona, sin que tengamos estudios sobre el impacto de este ascomiceto en el ser humano. Pero la gota que colmó el vaso fue la manera en que aquellas trabajadoras cobraban las horas extras no declaradas. Al final del mes desfilaban una por una por la oficina del jefe recogiendo un sobre con el preciado dinero a modo de trofeo.

A Paqui no le gustaba aquello, como tampoco le gustaban las condiciones en las que trabajaba, hostigada por gritos de apremio a sus espaldas. Sin lugar a duda, es inhumano permitir que se hagan jornadas tan prolongadas e ininterrumpidas, laborando como robots, envasando los aguacates en cajas, separándolo por calibres, y encima cobrando poco más de 5 euros la hora. Pudo soportar esta situación 16 interminables días, tras lo cual, totalmente abatida y acrecentada su depresión, se dio de baja por estrés. Aquí fue cuando comenzaron sus verdaderos problemas.

Al reincorporarse al trabajo, la empresa actuó atosigándola con continuos cambios de horarios o suprimiendo sus turnos, entre otras cosas. Este obrar tenía la misión de desgastarla moralmente para que pidiera el despido. Y ocurrió que Paqui finalmente renunció a su puesto.

Como es habitual en estos casos, ella entregó su carta de renuncia, en la que decía a la empresa que, si ella no denunciaba las horas trabajadas de manera ilegal, qué menos que tuviera un “despido procedente”, gracias a lo cual sus días laborados quedarían reflejados en la oficina del paro, además de cobrar sus quince días de vacaciones. Acordaron hacerlo de este modo. No obstante, Paqui esperó a que la citaran para formalizar el despido y conseguir que le ingresaran el dinero por las horas extras que había trabajado y que todavía no había cobrado. Después de dos semanas sin recibir respuesta, ella se plantó en el almacén.

Estando el jefe en la oficina, ella pidió audiencia y le exigió concluir con las relaciones laborales entre ambos. Sin embargo, el jefe debió de actuar un tanto petulante porque tras un cruce de palabras Paqui golpeó con su puño sobre la superficie de la mesa y lanzó sus papeles sobre la misma, exclamando que no estaba conforme ni con su actitud ni con la negativa a cobrar sus merecidas horas extras. A continuación, este señor se levantó y la agredió. 

Es posible que pronto se vean en los tribunales o, quizás, lleguen a un acuerdo. Esto pasará desapercibido como un caso más entre litigantes. No obstante, esto es sólo la punta del iceberg de todos los problemas que podríamos registrar: violencia laboral y agresión a una mujer; grave incumplimiento de las normativas laborales de una empresa que obliga a sus trabajadores y trabajadoras a realizar largas jornadas con sueldos sin declarar; Mentir al consumidor, vendiendo aguacates peruanos haciéndolos pasar por españoles para obtener mayores ganancias; o atentar contra la salud pública por vender mangos con hongos (sin un estudio de impacto) a cadenas alimenticias españolas.

Y para terminar, curiosamente son estas mismas personas, empresarios y agricultores, los que luego alzan la bandera y se dan golpecito en el pecho orgullosos de su patriotismo... un patriotismo que consiste en explotar a trabajador@s y defraudar a la Hacienda pública para su propio enriquecimiento, 

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